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sábado, 26 de julio de 2008

Stendhal

Era apocado. Cuando estaba en Italia, preguntó a otro oficial como él qué debía hacer para conseguir los «favores» de una mujer y anotó con absoluta seriedad los consejos que recibió. Comenzó a asediar a las mujeres conforme a las reglas, del mismo modo que había intentado escribir obras de teatro conforme a las reglas, y se ofendía cuando se percataba de que les parecía ridículo y se sorprendía cuando notaban su falta de sinceridad. Aunque era inteligente, da la impresión de que nunca se le pasó por la cabeza que el lenguaje que una mujer entiende es el lenguaje del corazón, y que el lenguaje de la razón la deja fría. Pensaba que podía conseguir mediante estratagemas y argucias lo que sólo puede alcanzarse con el sentimiento.

Maughan es implacable con Stendhal. Algunos pasajes que cuenta de la vida del autor son idénticos a los de su personaje, Julian Sorel, en “Rojo y Negro”.

William Somerset Maughan, "Diez grandes novelas y sus autores".

sábado, 24 de mayo de 2008

Rulfo

Si nos creemos lo que dicen los manuales, la literatura es un desfile de modelos donde concursan señores con diseños, adjetivos y perífrasis que el resto de los mortales no somos capaces de usar. En una historia de las letras de manual, Rulfo vendría a ser algo así como el feo achaparrado. No he descubierto en sus cuentos ni una sola violencia estética, ni un solo regalo para los oídos.

En todas las historias, el héroe aplasta en su camino a unos cuantos donnadies insignificantes que están allí para molestarlo. En los cuentos de Rulfo, esos donnadies son los protagonistas. En los cuentos de Rulfo no hay héroes valientes, el único acto de valor es el que hace el narrador, el de contar la historia de los perdedores hasta el final.

Si las historias de Rulfo vinieran acompañadas de una larga explicación, moraleja y exordio, igual que todas esas amables presentaciones power point que recibo en mi correo cada día, lo más probable es que me rebelara contra las explicaciones. Pero no hay en Rulfo ni una sola acusación. Rulfo muestra a la víctima, el dolor, la herida, la miseria. Tras una inundación, muestra al político. Pero no sabemos quien tiene la culpa de qué. Y precisamente por eso, porque él no nos va a intentar convencer de quien es, es mucho más probable que acabemos pensando como él.

domingo, 18 de mayo de 2008

Los 100 autores del canon de Bloom

100 grandes autores.

Dante Alighieri
Jane Austen
Isaac Bábel
Honoré de Balzac
Charles Baudelaire
Samuel Beckett
William Blake
Jorge Luis Borges
James Boswell
Charlotte Brontë
Emily Jane Brontë
Robert Browning
Italo Calvino
Alejo Carpentier
Lewis Carroll
Willa Cather
Paul Celan
Luis Cernuda
Miguel de Cervantes
Hart Crane
Geoffrey Chaucer
Anton Chéjov
Charles Dickens
Emily Dickinson
John Donne
Fiodor Dostoievski
José María E a de Queiroz
George Eliot
T. S. Eliot
Ralph Ellison
El Yavista
Ralph Waldo Emerson
William Faulkner
F. Scott Fitzgerald
Gustave Flaubert
Sigmund Freud
Robert Frost
Federico García Lorca
Johann Wolfgang von Goethe
Nathaniel Hawthorne
Ernest Hemingway
Hugo von Hofmannsthal
Homero
Víctor Hugo
Henrik Ibsen
Henry James
Samuel Johnson
James Joyce
Franz Kafka
John Keats
Soren Kierkegaard
D. H. Lawrence
Giacomo Leopardi
Lucrecio
Joaquim Machado de Assis
Mahoma
Thomas Mann
Herman Melville
John Milton
Molière
Michel de Montaigne
Eugenio Montale
Dama Murasaki
Iris Murdoch
Gérard de Nerval
Friedrich Nietzsche
Flannery O'Connor
Walter Pater
Octavio Paz
Fernando Pessoa
Alexander Pope
Luigi Pirandello
Platón
Marcel Proust
Rainer Marie Rilke
Arthur Rimbaud
Christina Rossetti
Dante Gabriel Rossetti
San Agustín
San Pablo
William Shakespeare
Percy Bysshe Shelley
Sócrates
Stendhal
Wallace Stevens
Jonathan Swift
Algernon Charles Swinburne
Alfred Tennyson
León Tolstoi
Mark Twain
Paul Valéry
Luis Vaz de Camões
Virgilio
Edith Wharton
Walt Whitman
Oscar Wilde
Tennessee Williams
Virginia Woolf
William Wordsworth
William Butler Yeats

lunes, 11 de abril de 2005

El héroe pasivo

Andrés Hurtado, el protagonista de “El árbol de la ciencia” tiene mucho en común con Baroja. Hurtado juzga lo que le ocurre con la mirada y la repulsión del propio Baroja. La vida de la facultad, la vecindad de las Minglanillas, su propia familia, Valencia, Alcolea. Todo cae bajo el desprecio y el recelo de su mirada. Al principio, Andrés parece un rebelde, un hombre sensible que expresa el malestar de una sociedad. Pero si uno le presta atención puede ver que no existe esa profundidad existencial. Andrés Hurtado es, simplemente, un ser pasivo.

Cuando Andrés puede hacer algo para cambiar lo que ve, cuando puede hacer algo bueno, se abstiene. Su amigo Julio Aracil tiene una novia a la que engaña para divertirse.

A Hurtado no le gustó la casa; aprovecharse, como Julio, de la miseria de la familia para hacer de Niní su querida, con la idea de abandonarla cuando le conviniera, le parecía una mala acción.

Todavía si Andrés no hubiera estado en el secreto de las intenciones de Julio, hubiese ido a casa de doña Leonarda sin molestia; pero tener la seguridad de que un día los amores de su amigo acabarían con una pequeña tragedia de lloros y de lamentos en que doña Leonarda chillaría y a Niní le darían soponcios, era una perspectiva que el disgustaba.

A Andrés le digustaba y le parecía una mala acción, pero no le dijo nada a su amigo.

El primer destino de Andrés como Médico es un pueblo alejado de Madrid que se llama Alcolea. Andrés critica las costumbres del pueblo. Se queja de la dieta, excesivamente carnívora, de la falta de higiene. Critica los dos partidos políticos, la derecha y la izquierda. Pero no está dispuesto a cambiar nada cuando lo invitan a hacerlo.

Los del Centro republicano le habían dicho que diera unas conferencias acerca de la higiene; pero él estaba convencido de que todo aquello era inútil, completamente estéril.

¿Para qué? Sabía que ninguna de estas cosas había de tener eficacia, y prefería no ocuparse de ellas.

Era mucho más eficaz sentirse disgustado, le falta decir.

Pío Baroja. El árbol de la ciencia.

domingo, 20 de febrero de 2005

Samuel Johnson



Las colonias americanas se rebelaron contra Inglaterra porque no podían aceptar la idea de pagar impuestos sin recibir a cambio una representación en el parlamento. La respuesta de Samuel Johnson durante el conflicto, tal como la recoge Boswell, fue “Estoy dispuesto a amar a toda la humanidad, excepto a un americano”.

Si hubiera estado tan atento a no disgustarle como debía haber estado, no sé cómo hubiéramos llenado estas horas de vigilia, pues, por desgracia, me metí en la controversia respecto al derecho de Gran Bretaña a imponer tributos a América, y quise razonar en favor de nuestros compatriotas del otro lado del Atlántico. Insistí en que América podía ser bien gobernada y que podía hacerle producir suficientes ingresos por medio de la influencia, como se veía en el caso de Irlanda, al mismo tiempo que se podía complacer al pueblo dándole una participación en la Constitución británica, con un grupo de representantes, sin el cual consentimiento no podría imponérseles ninguna carga. Johnson no podía soportar que me opusiera a su declarada opinión, que se había lanzado a defender con un calor extremado, y la violenta agitación en que le vi sumido al responderme, o más bien reprenderme, me alarmó tanto, que me arrepentí de todo corazón de haber sacado la conversación sobre el particular. Yo también me acaloré y el cambio fue grande: de la serenidad de la discusión filosófica en que hacía un momento nos habíamos empleado, gratamente, hasta este estado de ahora.


En religión Johnson decía que nadie tiene derecho a pensar por sí mismo, la religión lo hace por nosotros. Defendía la desigualdad fundamental de las personas, la diferencia de derechos, también la inferioridad de la mujer. Los pobres no deberían ser educados para que no se rebelasen. Todo eso es parte de Johnson.

James Boswell admiraba a su personaje. Nos cuenta cada una de estas perlas filosóficas en el contexto en que fue pronunciada. Nos habla de la pensión donde comían, o de la familia que les había invitado. Entre vinos y comilonas, Boswell tomaba apuntes. Definió a Johnson como un hombre colérico a causa de los humores, y también, como un hombre mal interpretado por sus contemporáneos.

A mi me parece que la mala fama de Johnson era merecida, y también, que su cólera no era fruto de sus humores, sino de una visión del mundo intransigente que sólo se puede sostener con malos modales, lo mismo que un mal gobernante sólo se sostiene con su ejército.

Boswell, por su forma de contarnos las cosas no era un buen cronista. Tuvo la suerte de conocer a un hombre muy superior a él intelectualmente, pero no tuvo la suerte de comprenderlo. Al lector siempre le queda la curiosidad de cual pudo ser la conversación, porque las líneas que Boswell recuerda no son muy interesantes. Fue una época evocadora, todas lo son. Además de Johnson pululan por las reuniones grandes hombres, Macaulay, Rouseau, Voltaire, John Wilkes, Sir Josua Reynolds, Gibbon, Oliver Goldsmith.

James Boswell. La vida del doctor Samuel Johnson.
Citas | Biografía | Versión de Thrale | Su casa | Johnson y Shakespeare | The Columbia Encyclopedia |

domingo, 13 de febrero de 2005

Ortega

No soy un forofo de Ortega, o sea, de lo que he leído de Ortega. Por su forma de escribir da la sensación de que no le sentó bien lo de ser un intelectual tan reconocido, lo de ser la avanzadilla en un país que estaba tan atrasado. Uno le oye hacer afirmaciones y pontificaciones como un señor al que han llevado pocas veces la contraria. El caso es que leyendo un ensayo que tiene sobre la novela, y que forma parte de “Ideas sobre la novela” encontré una observación muy moderna sobre el género.

En una larga novela de Emilia Pardo Bazán se habla cien veces de que uno de los personajes es muy gracioso; pero como no le vemos hacer gracia ninguna ante nosotros, la novela nos irrita. El imperativo de la novela es la autopsia. Nada de referirnos a lo que un personaje es: hace falta que lo veamos con nuestros propios ojos.

José Ortega y Gasset. La desumanización del arte e ideas sobre la novela.

miércoles, 9 de febrero de 2005

Susan Sontag

La cámara reduce la experiencia a miniatura, transforma la historia en espectáculo. Aunque crean identificación, también la eliminan, enfrían las emociones. El realismo de la fotografía crea una confusión sobre lo real que resulta, a largo plazo, sensualmente estimulante. Sean cuales fueran los argumentos morales a favor de la fotografía, su principal efecto es convertir el mundo en un supermercado o museo sin paredes donde cualquier modelo es rebajado a artículo de consumo, promovido a objeto de apreciación estética. A través de la cámara las personas se transforman en consumidores o turistas de la realidad, pues la realidad es considerada plural, fascinante y objeto de rapiña.
Susan Sontag. Sobre la fotografía.


De niña Susan Sontag fue una lectora empedernida. Se casó con diecisiete años, con un profesor de la universidad que la había dejado embarazada. Se hizo famosa con su colección de ensayos “Contra la interpretación”. Dentro de la obra se citó sobre todo sus “Notas sobre lo camp”. El concepto de camp se podía aplicar a Bach y a los Beatles, a Shakespeare y a Bergman. Lo camp es una forma de mirar el mundo como un objeto estético, es una reivindicación de lo feo, lo artificial, lo exagerado. Se trataba de abandonar los planteamientos moralistas, dejar de juzgar al prójimo, se trataba de destronar la seriedad, el artista como martir.

En los setenta sufrió de cáncer, tuvo una recaída unos años más tarde, ello le inspiró otra gran obra: “La enfermedad y sus metáforas.” Critica la asociación que hacemos entre las enfermedades y la conducta de los que la padecen. Asociamos al enfermo de tuberculosis con la hipersensibilidad, y al enfermo de cáncer con la represión. Con ello hacemos culpable al enfermo de su mal, en vez de víctima, que es su verdadero papel. En los ochenta extendió su visión al SIDA, donde sus planteamientos tenían mucho más que decir.

Sontag fue la intelectual penetrante que ocupó su mente con los problemas de su época, se ocupó del mundo real, no del suyo. Tanto si uno está de acuerdo con sus soluciones como si no, no puede dejar de respetar la actitud con que abordo esos problemas.

Murió el 28 de diciembre de 2004.

domingo, 28 de noviembre de 2004

Intelectuales

Llevo más de un mes sin escribir. No sin leer, claro. Lo que ocurre es que los últimos libros que he leído no me decían nada, ya lo decían ellos todo y yo me he limitado a asentir, y a pasar al siguiente. No los recomiendo, no me causaron mucha emoción, así que les voy a dedicar unas líneas de pasada, casi por cumplir:

Norman Holland y la articulación del psicoanálisis de Diana Paris, en la colección “Intelectuales”. Holland aplicaba el psicoanálisis para estudiar la literatura, pero como ya estaba muy visto lo de psicoanalizar a Cervantes o a Shakespeare, él analiza al lector y llega a la conclusión de que cada lector crea una obra a partir del texto con la cual resuelve sus propios conflictos. Holland llega a conclusiones muy fáciles de aceptar siempre que uno sea capaz de quitar toda la paja psicoanalítica que es como hablar de lo de siempre metiendo términos como pulsión transferencia, matar al padre y todo lo demás.



Pierre Bourdieu y el imperialismo cultural, también de la colección “intelectuales”. Bourdieux vuelve a Marx con un añadido que parece hacerlo innovador: la lucha de clases también se da en otros círculos, como por ejemplo, la moda, o la cultura. Su afirmación más escandalosa es que la educación sirve para mantener las diferencias de clases, no para limarlas. Las cien páginas de este resumen no son lo bastante convincentes así que si uno, aparte de conocerlo quiere creerlo, tendrá que acudir al propio autor.

Historia del cine español de Caparrós Lera. Un libro demasiado breve para el tema tan rico que trata. Casi la mitad de las 256 páginas están dedicadas a la bibliografía y fichas artísticas de las películas. Caparrós Lera descubrió hace tiempo que la mitad de los lectores sólo compra una portada y un libro gordo. Su último capítulo sobre el cine de los noventa, o sea, sobre el tiempo en el que él escribe, son un libelo más que un ensayo; y más que informar tratan de convencer al lector en contra del Partido Popular que acababa de eliminar las subvenciones.

El Factor Borges de Alan Pauls. Busca, y consigue, la sorpresa con artificios textuales al estilo de las revistas. Dedica anchos márgenes laterales a explicar los conceptos borgianos mientras recorre episodios de la vida, del pensamiento y de la fantasía del autor. Está redactado bajo el efecto de la admiración algo endiosante, más que del interés objetivo de un ensayista. Ocurre lo mismo con todos los que se acercan a Borges, que lejos de conocerle acaban contagiándose de él. Juan Bonilla le dedicó un artículo a principios de Noviembre del que copio unos párrafos.

Su libro es eminentemente borgiano, en el sentido de que sus métodos, si bien más tímidamente que aquí, ya habían sido empleados por el propio Borges cuando se disfrazaba de crítico literario y propendía a fijar su atención en detalles biográficos poco relevantes.
Lo mejor del libro de Pauls es que, por una parte, arroja luz nueva sobre un Borges que era un puzzle compuesto por muchos Borges y, por otra, casi podría prescindir del Borges escritor -los lectores que no conozcan suficientemente a Borges pueden leer igualmente este libro sin que disminuya su importancia-, porque lo convierte en el personaje de una fascinante investigación llena de hallazgos arguméntales.
Juan Bonilla. “Las afueras” El Mundo, 1 de noviembre de 2004

jueves, 7 de octubre de 2004

Ambages

Los cuentos de Rulfo atrapan desde la primera línea con personajes y situaciones al borde del abismo. Los afanes y los sufrimientos de esos primeros párrafos siempre nos llevan por derroteros inesperados para ponernos al final frente a una realidad desoladora. Rulfo dirige y despista al lector para evitar que se ponga en guardia.

Es emocionante seguir los recovecos y meandros de Rulfo, y el furor de su prosa. Después de despistarnos, corta secamente el relato. No hace falta ser muy despierto para sentir que después de ese quiebro final queda un rodeo más que tenemos que dar nosotros en nuestra imaginación. Rulfo no lo cuenta todo.

En “Es que somos muy pobres”, el narrador describe un diluvio y nos explica que la riada se llevó la vaca de la familia, y que a falta de la vaca, la hermana menor tendrá que prostituirse. Esa súbita unión de ideas, casi involuntaria nos obliga a atar muchos cabos sobre cuantas cosas conlleva vivir en la pobreza, que no es sólo el hambre. El cuento termina con un párrafo que mezcla la sensualidad y el horror, el narrador mira a su hermana pequeña,

y los dos pechitos de ella se mueven de arriba abajo, sin parar, como si de repente comenzaran a hincharse para empezar a trabajar por su perdición.


Juan Rulfo. El llano en Llamas.
Semblanza de Rulfo en El Cultural.
Juan Rulfo en Club Cultura.
Texto completo de los 17 cuentos. Y también en este enlace.
Escritores y poetas en Español.

NOTA: Le pido mil disculpas a todos los lectores que habían dejado comentarios tan interesantes y que he perdido al cambiar de plantilla. Pensé en dejar los comentarios viejos junto a los nuevos, pero eso iba a alargar el problema en vez de arreglarlo. Así que los he eliminado.

viernes, 10 de septiembre de 2004

La asertividad de Borges

Uno de los méritos de Borges, y de google, es el de haber convertido un mundo de páginas infinitas en un mapa asequible para el resto de los mortales. Borges es el gran destilador de la cultura occidental, el buscador de oro.

Su Introducción a la literatura norteamericana tiene 130 páginas pero en una obra más larga no encontrará una idea más amplia del asunto. Borges leyó tanto que uno puede confiar en su selección de autores, de anécdotas y de obras. Tanta condensación lo hacen difícil, como lectores estamos acostumbrados a leer con desgana autores que se alargan sin necesidad. Para entender a Borges hay que tener presente que cada coma es indispensable.

Borges es uno de los autores más asertivos que conozco. ¿Cómo pudo ser tan seguro un hombre encandilado con las dudas de Berkeley y con el escepticismo absoluto? La mayoría de los cuentos y ensayos de Borges acaban con un destello idealista: el mundo, propone, podría ser una ilusión. Pero aunque el mundo fuera un sueño, no cabe duda que cada sabio, cada autor vio en ese sueño algo distinto. La seguridad de Borges no reside en sus convicciones, ni en la fe en algo discutible, la seguridad de Borges reside en la palabra, no sabe si el mundo es una sombra proyectada en una caverna, pero él sabe que un filósofo lo vio así. Sus verdades tienen siempre un valedor, un sujeto que las afirma. Se pueden discutir las ideas de sus citas pero no se puede discutir que él las leyó y que otro las afirmó.

La seguridad de Borges no reside en que supiera más que los demás, sino en que era más consciente que los demás de sus propios límites.

FENIMORE COOPER. Su prosa palabrera, abarrotada de vocablos de origen latino, reúne todos los defectos y ninguna de las virtudes del estilo de su época. Hay un contraste incómodo entre la violencia de los hechos narrados y la lentitud de su pluma. Stevenson generosamente nos dice Cooper is the wood and the wave (Cooper es la selva y la ola).

Jorge Luis Borges. Introducción a la literatura norteamericana.