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sábado, 2 de agosto de 2014

Desigualdad

Una noche de verano, sentado en terrazas, parecía más fértil que muchas de invierno encerrado en casa. Discutiendo con A. le dije que la única diferencia entre él y yo era la desigualdad. Para él las personas no eran iguales. Él se lo tomó como una crítica, yo lo formulé más bien como una descripción. Los amantes de la diferencia disfrutan hablando del otro con cierto orgullo, los amantes de la igualdad lo hacen con humor, pero cada uno, a su manera, tiene su risa de placer.

Por la mañana, el sábado se despertó fresco. Me vino a la cabeza la conversación y también la de mi anfitrión americano que llamaba a Canadá su jardín. El jardín de América. Cuando hizo esa analogía con la casa yo me imaginé el resto de las dependencias y pensé que parte era España. ¿Eramos el retrete? pensé con desconfianza. Pero en realidad no hacía falta, ellos ya habían puesto un nombre al mundo hispano, el patio trasero era un término que resumía todo.

Cada país se confecciona su identidad a partir de sus conflictos. La española viene de una guerra civil, luchar contra uno mismo nos hace complejos, pero la americana es muy clara, ellos son los que derrotaron el nazismo y salvaron a los judíos del holocausto. El nazismo quiso convertir el mundo en una pirámide de estratos y razas con la aria en la cúspide, y los americanos nos salvaron de un mundo atroz.

Antes de volver a casa pensé que menudos salvadores al fin y al cabo. Porque habíamos vuelto a la misma pirámide pero con nombres de habitaciones. Si el mundo iba a ser gobernado de esta manera, daba igual que ganaran ellos o que hubieran ganado los otros. Pensé que quizá, solo quizá, el igualitarismo era una forma de llamar a las cosas, pero que al fin y al cabo, un patio trasero, siempre sería un patio trasero.

sábado, 21 de diciembre de 2013

¿Tienen los blogs un elemento narcisista?

María José dice que el blog le parece narcisista. Un amigo le dio la dirección de su blog para que la leyera poco después de conocerle. “Yo no me imagino dándole a un amigo que acabo de conocer un tomo con mi diario íntimo. Toma léetelo de arriba abajo y así conoces todas mis hazañas.” Alguna vez leí que los blogueros son más sensibles que el común de los mortales. La afirmación era de un bloguero.

No podemos olvidar que el blog es un escaparate donde el autor vierte sus textos en público. La idea de hacerse público lleva consigo muchas cosas que antes estaban reservadas a la aristocracia. Yo admito que una de esas cosas es el ego.

El blog vierte tu subjetividad para un público que, al igual que el de una novela no está delante, y puede que no lo esté nunca. Una amiga periodista decía que el blog para ella era la inmediatez. En su revista, los artículos pasaban por muchas manos y acababan archivados o publicados semanas después. El blog tiene un botón; cuando lo aprietas, el texto deja de ser tuyo. El blog también se diferenció por lo fácil que hizo la respuesta. Los comentarios se pueden administrar, o borrar. Pero algunos blogueros se dedicaban a escandalizar para competir por cuantos comentarios conseguían.

Escribir tiene un elemento de exibicionismo intelectual. Uno posa en las fotos para salir con su mejor cara, y también posa en su blog. Pero no siempre sale la cara que queremos dar. Y ese debate que abrieron los blogs como medio de cultura me pareció terriblemente fértil. Escribiendo para un lector invisible te ponías retos que no te hubieras puesto en tu vida privada. Había que cuidar la ortografía. Nadie perdonaba nunca un acento. Había que cuidar el tono. Y descubrías que eras capaz de mucho más de lo que habías pensado antes de ponerte a escribir. Tenías el estímulo de un público exigente aunque ese público no existiera y el contador de visitas de tu blog se empeñara en anotar diez visitas al día. Porque no sabías quienes eran esos diez anónimos.

Con el tiempo los contadores de visitas se fueron haciendo estables. Todo el mundo conseguía más de doscientas visitas al día, o presumía de conseguirlas. Pero nadie conseguía ganarse la vida con los blogs. Eran una labor dura y en las quedadas de blogueros admitíamos que salvo dos o tres casos famosos, el resto regalábamos nuestro tiempo.

Eso y las redes sociales acabaron con la época de mayor auge de los blogs.

Pero los blogs siguen ahí como herramienta para publicar contenidos. Son un medio para llegar a otros. Son un medio para ponerte retos, porque hablas para los demás y te sometes a la mirada crítica de los demás. Y algo que no tiene la página web, los blogs son un medio de organizar tus contenidos. Lo más reciente siempre es lo primero. Todo lo que escribes tiene un día y una hora.

El correo electrónico, la presentación de powerpoint, o el mensaje de whatsapp tienen un mecanismo de proliferación diferente que ahora llaman viral. Se parece mucho al chiste o al antiguo romance porque nadie sabe quién lo puso en circulación, pero todo el mundo lo conoce. El correo, a diferencia de la página web o el blog no es público, es compartido entre dos personas con mensajes de ida y vuelta; y el miedo al ridículo desaparece al eliminar la firma. No se puede contrastar la información y lo que se dice no necesita pruebas ni referencias porque no se menciona, casi nunca, la fuente.

Parece que todavía no se ha llegado a una fuente de información tan creíble como el periódico. Pero hay que calcular a que quiere uno renunciar. Leyendo el blog hay que soportar, a veces, el ego del autor. Leyendo correos virales, como en la guerra, la verdad es, a menudo, la primera baja.

sábado, 28 de septiembre de 2013

Dos hombres y medio y las contiendas narrativas

Los humanos tenemos un punto que va más allá de la mera historia y del recuerdo. Si conoces a cualquier persona un poco a fondo ves que tiene un relato. Un relato no es sólo un recuento de hechos, para eso está la crónica, el informe.  La narrativa tiene sus reglas y hay relatos que funcionan y relatos que no funcionan. La historia de un perdedor que se abre paso en su mundo y escala hasta la cima aunque nadie cree en él es una fórmula narrativa que funciona casi siempre. Otras fórmulas funcionan peor. La cuestión es que uno vive su vida como una fórmula narrativa. ¿Soy un pobre humilde que se abrió paso en la vida hasta llegar a conseguir su sueño? ¿Soy un tipo listo que compró preferentes y se metió en una hipoteca antes de la crisis y luego se llevó su merecido y cayó en lo más bajo? Las dos fórmulas valen, pero la segunda no conmueve en primera persona. La historia de la derrota está bien para un secundario, para el jefe malo, para el amigo envidioso.

Las narrativas complejas, las divertidas, son las que barajan dos proyectos. En la cigarra y la hormiga, cada uno de los dos tiene un plan, vivir al día y disfrutar el momento, o vivir pensando en el mañana. El placer de la historia está en que uno de los dos tiene el proyecto bueno y el otro está completamente equivocado. El placer está en que la hormiga puede acercarse a la cigarra y decirle “ya te lo había dicho”. El “ya te lo había dicho” es el final feliz de la narración. En cambio, la vida no tiene cortinilla de final, salvo la muerte. La cigarra en el mundo real no puede escuchar la lección porque no está ahí. En el mundo real los finales felices son temporales. La hormiga guarda trigo para el invierno, pero entonces el gobierno sube el impuesto del trigo y devalúa el valor de los ahorros de las hormigas y la cigarra descubre que más cuenta le trae volver a pasarse cantando el siguiente invierno. Entonces la cigarra le dice a la hormiga “ya te lo había dicho”. Y la historia no acaba ahí, porque queda otro invierno, y otro.

Cuando estuve en Estados Unidos descubrí, algo sorprendido, que el americano no compite nunca por pasar delante o por un asiento. En Madrid, se disputa el asiento a un jubilado si hace falta. La segunda cosa que me traje de Estados Unidos fue la afición a la serie “Dos hombres y medio.” Charlie y Alan, dos hermanos, confrontan dos formas de vivir a la vida. El primero se divierte mientras el segundo sufre y se preocupa, el primero ignora a los demás y el segundo vive para los demás, el primero se arriesga y el segundo tiene miedo. Me pareció una una lucha de hilos narrativos con un toque profundamente americano. Porque a veces pierde uno, casi siempre Alan, a veces pierde el otro; pero pueden ceder cortesmente el triunfo de su “proyecto narrativo”. Cuando hablo con un español, de vuelta en Madrid, no puedo imaginarme semejante elegancia cediendo el asiento. Me cuesta  imaginar a un español que no ha triunfado y no ha dicho "ya te lo había dicho", o está por decirlo.

sábado, 23 de marzo de 2013

El buldero del Lazarillo

La cultura de mi tiempo me recuerda al buldero de el Lazarillo. los honores y el estatus se ganan usando unos latines que nadie entiende y nadie puede juzgar. No hacía falta saber latín, bastaba imitarlo. Hoy, esos latines podrían ser el inglés. O podrían ser los palabros que todo el mundo se gasta en economía, o los palabros tecnológicos. La cuestión es aparentar que uno domina las cuestiones aunque no tenga ni idea.

        En lo que todo el mundo coincide es en que los alemanes no han caído en la trampa de la crisis. La palabra alemán se ha vuelto un talismán, igual que finlandés se ha convertido en otro de la educación. Son los dos mantras que todo el mundo pronuncia sin ton ni son. Parece que hablar de uno o de otro nos da un billete directo al corazón de la verdad.

        Las discusiones, por lo menos las discusiones de mi sociedad, son campeonatos y liguillas donde todo vale para llevarse la copa. Vale usar latines, jergas tecnológicas, aparentar y pronunciar mantras.

        El premio es un estatus, una sensación de haber dominado en una discusión. El vencedor se lo lleva todo a casa, el aplauso, el silencio de respeto, la ovación, el paseo por el ruedo, las orejas, el rabo; la soledad del triunfo, también eso.

domingo, 22 de noviembre de 2009

El conocimiento Inútil


"La tesis que El conocimiento inútil desarrolla es la siguiente: no es la verdad, sino la mentira, la fuerza que mueve a la sociedad de nuestro tiempo. Es decir, a una sociedad que cuenta, más que ninguna otra en el largo camino recorrido por la civilización, con una información riquísima sobre los conocimientos alcanzados por la ciencia y la técnica que podrían garantizar, en todas las manifestaciones de la vida social, decisiones racionales y exitosas. Sin embargo, sostenía Revel, no es así. El prodigioso desarrollo del conocimiento, y de la información que lo pone al alcance de aquellos que quieren darse el trabajo de aprovecharla, no ha impedido que quienes organizan la vida de los demás y orientan la marcha de la sociedad sigan cometiendo los mismos errores y provocando las mismas catástrofes, porque sus decisiones continúan siendo dictadas por el prejuicio, la pasión o el instinto antes que por la razón, como en los tiempos que (con una buena dosis de cinismo) nos atrevemos todavía a llamar bárbaros."

Artículo de Mario Vargas Llosa sobre Jean-François Revel.
Jean-François Revel: "El conocimiento inútil"

jueves, 2 de octubre de 2008

Zizek, Palin y la crisis



Unas gafas para leer entre líneas a McCain

Otras generaciones anteriores de mujeres dedicadas a la política (Golda Meir, Indira Gandhi, Margaret Thatcher, incluso hasta cierto punto Hillary Clinton) eran lo que suele llamarse mujeres "fálicas": actuaban como "damas de hierro" que imitaban y trataban de superar la autoridad masculina, ser "más hombres que los propios hombres". En un comentario reciente en Le Point, Jacques-Alain Miller destacaba que Sarah Palin, por el contrario, exhibe con orgullo su lado femenino y su maternidad. Ejerce un efecto "castrador" en sus oponentes masculinos, no porque sea más viril que ellos, sino porque emplea el arma femenina por excelencia, la degradación sarcástica de la autoridad masculina; sabe que la autoridad "fálica" del varón no es más que una pose, una apariencia que hay que explotar y ridiculizar. Recuerden cómo se burló de Obama llamándole "voluntario social", aprovechándose de que el aspecto físico del candidato presidencial demócrata tiene algo de estéril, con su piel negra pálida, sus rasgos delgados y sus grandes orejas.

[...]

Ahora bien, ¿ha sido verdaderamente la crisis financiera un momento aleccionador, el despertar de un sueño? Todo depende de cómo se simbolice, de qué interpretación ideológica o qué versión se imponga y determine la percepción general de la crisis. Cuando el curso normal de los acontecimientos sufre una interrupción traumática, se abre la puerta a una rivalidad ideológica discursiva; por ejemplo, en Alemania, a finales de los años veinte, Hitler ganó la disputa por la narración que iba a explicar a los alemanes las razones de la crisis de la República de Weimar y la forma de salir de ella (su argumento era la trama judía); en Francia, en 1940, fue la versión del mariscal Pétain la que dominó la explicación de los motivos de la derrota. Por consiguiente, para decirlo en viejos términos marxistas, la principal tarea de la ideología dominante en la crisis actual es imponer una versión que no responsabilice del colapso al sistema capitalista globalizado como tal, sino a sus distorsiones secundarias accidentales (normas legales demasiado relajadas, corrupción de las grandes instituciones financieras, etcétera).

Contra esta tendencia, hay que insistir en la pregunta fundamental: ¿qué defecto del sistema como tal permite la posibilidad de que se produzcan esas crisis y esos colapsos? Lo primero que hay que tener en cuenta es que el origen de la crisis es benévolo: después de que la burbuja digital estallara en los primeros años del milenio, todos los sectores tomaron la decisión de facilitar las inversiones inmobiliarias para mantener la economía en marcha y prevenir una recesión; la crisis de hoy es el precio que se paga por el hecho de que Estados Unidos evitara una recesión hace cinco años.

El peligro, por tanto, es que la narración predominante sobre la crisis sea una que, en vez de despertarnos de un sueño, nos permita seguir soñando. Entonces es cuando deberíamos preocuparnos; no sólo sobre las consecuencias económicas de la crisis, sino sobre la clara tentación de que, para que la economía siga funcionando, se le dé un nuevo ímpetu a la "guerra contra el terrorismo" y al intervencionismo internacional de Estados Unidos.

Slavoj Zizek es filósofo esloveno y autor, entre otros libros, de Irak. La tetera prestada. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

martes, 2 de septiembre de 2008

El cantamañanas

Voy a leer la prensa en la biblioteca del barrio, como cada mañana y no puedo sentarme. Un perfecto desgraciado está hablando en voz alta.

“La culpa del accidente de Barajas la tiene el PP”.

Me levanto y me voy a otra sala. Desde allí escucho la voz del loco al que nadie responde. Los encargados deberían decirle algo.

Y cuando vuelvo ha cambiado de tema.

“Porque Zapatero es subnormal,” dice.

¿Es un loco incoherente? Un loco que cambia de dirección según el viento. Si alguien lo escucha de verdad siente que no. Siente que su discurso está, de principio a fin, en el mismo lugar. Empezó hablando del ansia que tiene de ponerse a discutir con cualquier desconocido. Y cuando descubrió que nadie le respondía llegó a la conclusión de que todos los lectores de periódicos eran del PP. Entonces siguió hablando del ansia que tiene por discutir con cualquier desconocido.

lunes, 16 de junio de 2008

Julien Sorel

Afirmamos que en el origen de un deseo siempre existe el espectáculo de otro deseo, real o ilusorio. Parece que esta ley experimenta numerosas excepciones. ¿No es la repentina indiferencia de Mathilde lo que inflama el deseo de Julien? ¿No es, algo más adelante, la indiferencia heroicamente simulada por Julien, más aún que el deseo rival de Mme. de Fervacques, lo que despierta el deseo de Mathilde? En la génesis de estos deseos, la indiferencia desempeña un papel que parece contradecir los resultados de nuestros análisis.

[...]

La indiferencia de la coqueta hacia los sufrimientos de su amante no es simulada pero no tiene nada que ver con la indiferencia común. No es ausencia de deseo: es la otra cara de un deseo de sí mismo. El amante no se deja engañar. Cree incluso entender en la indiferencia de su amada la autonomía divina de la que él se siente privado y que arde en deseos de conquistar. Esta es la razón de que la coquetería azuce el deseo del amante. Y a cambio, este deseo ofrece un nuevo alimento a la coquetería. Aparece el círculo vicioso de la doble mediación.

La «desesperación» del amante y la coquetería de la amada aumentan conjuntamente porque cada uno de los dos sentimientos está copiado del otro. Es un mismo deseo, cada vez más intenso, el que circula entre los dos. Si los amantes nunca llegan a ponerse de acuerdo, no es porque sean demasiado «diferentes», como sostienen el sentido común y las novelas sentimentales, sino porque cada uno de los dos es copia del otro. Pero cuanto más se parecen, más diferentes se imaginan. El Mismo que los obsesiona es concebido como el Otro absoluto. La doble mediación asegura una oposición tan radical como vacía, la oposición línea a línea y punto a punto de dos figuras simétricas y de sentido inverso.

René Girard. “Mentira romántica y verdad novelesca”.

lunes, 19 de septiembre de 2005

La constante macabra

El profesor francés André Antibi (Argelia, 1944) ha descrito en su libro "La Constante macabra" (El Rompecabezas), de gran éxito en Francia, una tendencia que se da en algunos países, España entre ellos, por la cual algunos profesores evalúan a sus alumnos equilibrando inconscientemente los porcentajes de notas buenas, malas y regulares, algo que penaliza inmerecidamente a los chicos que van peor en clase. "Ocurre por la presión social, no está bien visto que un profesor ponga a todos los alumnos buenas notas". Por eso los exámenes son más difíciles o tienden a evaluarse con más dureza.

El País, 19 de septiembre.

viernes, 15 de julio de 2005

Comer bien

He descubierto que la cadena de restaurantes Fresc Co está abriendo cada vez más restaurantes en Madrid. No sé si conocerán alguno pero se lo recomiendo. Sirven un buffet de primeros que consiste en una buena variedad de verduras y pasta y una opción de segundos bastante menos apetecible. No está pensado para los amantes de la carne y el pescado, y además tiene que cuadrar las cuentas con un precio de 7,70 euros. Pero se puede repetir cuantas veces se quiera. Uno tiene que hacer de cocinero, eligiendo condimentos y cantidades. Mirando el plato de delante y el de detrás uno se hace idea de cuales son las debilidades ajenas. También de cuales son sus obsesiones, como los platos llenos de verde para adelgazar. Creo que si trabajara en ese restaurante disfrutaría viendo lo que elige cada cliente.

Una buena pregunta sería ¿quién elige mejor? ¿Cuál es la mejor dieta para aguantar el día o vivir más? Son dudas importantes y debería haber más literatura sobre esos temas. Hace poco me leí “Saber comer para vivir más” de Eugenio Del Toma, un libro muy corto que publicó Alianza en el 99. Y francamente, no lo recomiendo. El mundo de la nutrición se parece al de la teología en tiempos del Lazarillo. Cada cual saca sus latines y quiere vender sus bulas al primer tonto que se le ponga a tiro. El mundo de la alimentación no tiene nada que ver con cualquier otra rama científica donde uno puede avanzar con paso firme. Todo son opiniones y refranes, todo consejos y sabiduría casera. Cuanto menos seria es una rama de conocimiento más literaria es la forma de hablar de ella.

Un ejemplo de la poca seriedad en que se mueven los dietistas es la mantequilla. Durante años se recomendó que se sustituyera por la margarina, hasta que se descubrió que esta era muchísimo peor para el corazón. Consciente de ello, Del Toma no prohíbe nada ni aconseja nada, casi hace literatura con cada alimento de modo que difícilmente el libro sirve para elegir un menú en el Fres Co. Sirve, acaso, para entretenerse leyendo sobre un tema, discutiendo sobre un tema y no sacando nada claro. Como todo en la vida.

Pizza margarita para una magnifica comida rapida
No hay duda de que la pizza napolitana es el prototipo italiano de la comida rápida. Su éxito, favorecido obviamente por el placer que proporciona comerla y por lo genuino de sus ingredientes básicos, se debe a múltiples razones, entre ellas lo practica que resulta, ventaja no secundaria en la vida moderna, que, sobre todo en las grandes metrópolis, obliga a consumir comidas rápidas y de un solo plato. Todo ello con el parcial benepIácito de los dietólogos, que no tendrían nada que decir sobre la pizza, ni siquiera en el caso de esos ancianos que no tienen justificaciones de prisa o de trabajo, si las relaciones entre nutrientes y la cantidad y calidad de los ingredientes fueran siempre las de la clásica "pizza margarita" con tomate y mozzarella. Efectivamente, lo que puede plantear problemas desde el punto de vista dietético es la exagerada fantasía de los cocineros, que ya no se limitan al primitivo plato de la cocina napolitana, en la que agua, harina, levadura, tomate, ajo y aceite, sin siquiera mozzarella, eran los ingredientes básicos. Hoy a la pizza se le añaden champiñones, anchoas, jamón, salchichón, mejillones, cebollas y embutidos en una destacada variedad de combinaciones todas ellas gastronómicamente válidas, pero cuya digestibilidad ningún dietólogo puede predecir, ni cuyo valor energético puede contabilizar por la continua variación de los ingredientes y de las cantidades utilizadas.
Con la premisa de un mejor conocimiento del valor nutritivo "medio" de una pizza, cualquier medico podrá tranquilamente aconsejarla como alternativa a otros platos, sin comprometer aquellas relaciones entre hidratos de carbono, proteínas y grasas ya reconocidas por la ciencia de la alimentación como base de cualquier dieta equilibrada y racional. Sólo conociendo mejor la cantidad de los ingredientes, los nutricionistas podrán formular razonables consensos o rechazos acerca de las porciones y de la frecuencia con la que debamos visitar las pizzerias.
A la espera de una estandarización, probablemente imposible, de los diversos ingredientes de la pizza, como referencia fiable existen los datos publicados por organismos oficiales, que atribuyen a la "pizza con tomate y mozzarella" los siguientes valores, para una confecci6n de 100 gramos, la que se le puede pedir a un vendedor de "pizza al corte": proteinas 5,6 gramos; grasas, 5,6 gramos; hidratos de carbono, 52,9 gramos; kilocalorias, 271.
Si esta fuese la cantidad media servida a los clientes en la mas tradicional pizza redonda, se podria ensalzar a la pizza no sólo por la corrección de las relaciones entre cada uno de sus nutrientes, sino todavía mas por la modestia del aporte calórico global, que podría reafirmar la plena legitimidad de la opción también para todos aquellos que deben seleccionar sus decisiones alimenticias debido a la obesidad o se ven obligados a reducir las grasas en su dieta. En concreto, sin embargo, es muy frecuente que las pizzerias o los restaurantes, tanto italianos como extranjeros, sirvan una pizza margarita de unos 210 gramos de peso (despues de la cocción): 11,8 gramos de proteínas, 11,8 gramos de grasas y 111 gramos de hidratos de carbono por un total de 570 kilocalorias.


Eugenio Del Toma. Saber comer para vivir más.

domingo, 12 de junio de 2005

La cultura como resentimiento

Decía Lucía Etxebarría en una entrevista de televisión que ella escribía porque era neurótica y desgraciada. Si fuera feliz, seguía diciendo, no se dedicaría a escribir, sino a vivir la vida.

Sócrates y Jesús no escribieron nada. De sus discípulos nos quedan los textos de los evangelistas, los diálogos de Platón, la semblanza de Jenofonte. Quizá los que escribieron no fueron los que mejor les entendieron, sino los más desgraciados. Quien sabe.

Los escritores que ocupan nuestros mayores altares no fueron los más felices. Si los conociéramos en persona me pregunto cuantos acabarían confesándonos, igual que Lucía Etxebarría, que en el fondo eran unos desgraciados y que su verdadero sueño hubiera sido pasar por la historia sin ser conocidos, tener una recua de hijos traviesos y morirse en paz.

Pienso en poetas inmortales como Quevedo o Petrarca, o el autor de los sonetos de Shakespeare. Los grandes poemas van dedicados al amor imposible, el amor satisfecho no necesita altavoces.

Y llego a uno de los autores más insatisfechos y más aclamados de nuestro país, Valle-Inclán. Sus Comedias Bárbaras sus “Luces de Bohemia” están llenas de insultos que no parecen justificados por la acción, como si el autor tuviera la intención de ponerse a gritar cualquiera que fuera la excusa.

En estas obras de Valle aparece un protagonista mal pagado y aparece, también, un botín, una herencia, un premio de la lotería que sin saber explicarlo siempre me parece un elemento obsceno. Es como si el autor utilizara el botín para restituir en la ficción todos los desarreglos de la realidad. Como si el autor rehiciera el mundo a su gusto a golpe de talonario. Cualquier persona que sale de una oficina de lotería con su boleto puede crear en su cabeza, en el breve trayecto a casa, una obra de Valle.

El elemento del botín en la literatura siempre me parece un poco obsceno porque me devuelve de un bofetón a la queja de Lucía Etxebarría. “Escribimos porque no somos felices”. ¿Hubiera escrito Valle sus Comedias Bárbaras si el estado le hubiera concedido una asignación generosísima acorde con su supuesto talento? ¿Se hubieran escrito todas esas novelas negras llenas de corrupciones y traidores si cada personaje hubiera recibido una generosa pensión del estado sueco para vivir sin preocupaciones? ¿Hubiera escrito Quevedo sus versos de amor si ella se hubiera metido en su alcoba?

lunes, 11 de abril de 2005

El héroe pasivo

Andrés Hurtado, el protagonista de “El árbol de la ciencia” tiene mucho en común con Baroja. Hurtado juzga lo que le ocurre con la mirada y la repulsión del propio Baroja. La vida de la facultad, la vecindad de las Minglanillas, su propia familia, Valencia, Alcolea. Todo cae bajo el desprecio y el recelo de su mirada. Al principio, Andrés parece un rebelde, un hombre sensible que expresa el malestar de una sociedad. Pero si uno le presta atención puede ver que no existe esa profundidad existencial. Andrés Hurtado es, simplemente, un ser pasivo.

Cuando Andrés puede hacer algo para cambiar lo que ve, cuando puede hacer algo bueno, se abstiene. Su amigo Julio Aracil tiene una novia a la que engaña para divertirse.

A Hurtado no le gustó la casa; aprovecharse, como Julio, de la miseria de la familia para hacer de Niní su querida, con la idea de abandonarla cuando le conviniera, le parecía una mala acción.

Todavía si Andrés no hubiera estado en el secreto de las intenciones de Julio, hubiese ido a casa de doña Leonarda sin molestia; pero tener la seguridad de que un día los amores de su amigo acabarían con una pequeña tragedia de lloros y de lamentos en que doña Leonarda chillaría y a Niní le darían soponcios, era una perspectiva que el disgustaba.

A Andrés le digustaba y le parecía una mala acción, pero no le dijo nada a su amigo.

El primer destino de Andrés como Médico es un pueblo alejado de Madrid que se llama Alcolea. Andrés critica las costumbres del pueblo. Se queja de la dieta, excesivamente carnívora, de la falta de higiene. Critica los dos partidos políticos, la derecha y la izquierda. Pero no está dispuesto a cambiar nada cuando lo invitan a hacerlo.

Los del Centro republicano le habían dicho que diera unas conferencias acerca de la higiene; pero él estaba convencido de que todo aquello era inútil, completamente estéril.

¿Para qué? Sabía que ninguna de estas cosas había de tener eficacia, y prefería no ocuparse de ellas.

Era mucho más eficaz sentirse disgustado, le falta decir.

Pío Baroja. El árbol de la ciencia.

domingo, 3 de abril de 2005

La larga guerra civil

Desde que empezó el levantamiento, Franco nunca dudó que iba a ganar la guerra. Aunque remiso al principio, Musolini lo apoyó con todas sus fuerzas y comprometió en ello su honor. Envió un gran contingente de hombres, tanques y aviones que hizo figurar como voluntarios para evitar tensiones internacionales, pero que resultó ser de soldados regulares, como pudo demostrar el bando republicano tras la campaña de Guadalajara.



Musolini quería una guerra fulminante. Llegó a amenazar a Franco con retirar su apoyo si no avanzaba con más velocidad. Hitler, en cambio prefería una campaña lenta porque tenía puestos los ojos en una unión de intereses con el Duce y para ello necesitaba tiempo. El más interesado en una campaña larga era Franco. Cuando eligió la toma de Toledo en vez de Madrid, que aún no había recibido la ayuda rusa, obró a conciencia. Una y otra vez evitó campañas que le hubieran ofrecido una conquista rápida. En aquel momento su mayor objetivo era asentar su poder y limpiar sistemáticamente el país de los elementos que le incomodaban.

Para erradicar la izquierda y los separatismos Franco usó una crueldad inhumana. Musolini, escandalizado, le pedía explicaciones sobre las ejecuciones masivas a traves de su embajador Cantalupo, lo cual obligó al caudillo a cambiar las carnicerías por juicios sumarísimos. La legalidad de estos juicios era sólo nominal. Los abogados defensores eran nombrados por el juez, y a menudo pedían la ejecución con más insistencia que el fiscal. Franco firmaba cada una de las ejecuciones, no después de estudiarlas y pasar noches sin dormir, como reza la leyenda, sino con una frialdad pasmosa, mientras tomaba un café o iba en coche a una reunión. Las peticiones de indultos se acumulaban sin cesar, pero Franco se cuidó bien de que fueran respondidas con el retraso suficiente para haber sido ya ejecutadas.

A una de las muestras de impaciencia de Musolini, Franco respondió con una claridad meridiana: “Debemos realizar la tarea, necesariamente lenta, de redención y pacificación, sin la cual la ocupación militar sería totalmente inútil. La redención moral de las zonas ocupadas será larga y difícil porque en España, las raíces del anarquismo son antiguas y profundas.”* La saña con que redimió el territorio llegó a indignar a los dos grandes dictadores de su tiempo, tanto Musolini como Hitler expresaron la repugnancia que le inspiraban los métodos del caudillo.

* Cantalupo. Fu la Spagna.
Paul Preston. Franco, caudillo de España.

miércoles, 16 de febrero de 2005

Los apuntes de Gombrich

Cuando estudiaba era muy fácil distinguir unos buenos apuntes de unos malos. En los buenos todas las ideas tenían un hilo y se podían seguir a lo largo de las clases y las manchas de bocadillo. En los malos cada idea aparecía de repente en medio de la nada, como una seta, y uno no sabía con qué truco mnemotécnico asociarla para recordarla a la hora del examen. La “Historia del arte” de Gombrich es como unos apuntes ideales donde cada idea está anudada con todo lo anterior y añade novedades que el lector pide con fruición. Cada periodo que las demás historias del arte convierten en un amasijo de cientos de obras, Gombrich lo explica con tres o cuatro ejemplos donde se anudan todas las aspiraciones del periodo anterior y las invenciones del nuevo. La verdad es que no entiendo por qué el ministerio de educación no saca una ley que obligue a cambiar todos los manuales de bachillerato por este.



Asustarse de la fealdad le parecía a Caravagio una flaqueza despreciable. Lo que él deseaba era la verdad. La verdad tal como él la veía. No sentía ninguna preferencia por los modelos clásicos ni ningún respeto por la belleza ideal. Quería romper con los convencionalismos y pensar por sí mismo respecto al arte. Algunos consideran que lo que principalmente se proponía era horrorizar al público; que no sintió ningún respeto por ninguna clase de tradición o de belleza. Fue uno de los primeros pintores a los que se dirigieron acusaciones semejantes y el primero cuya actitud fue resumida por los críticos en una palabra: se le acusó de naturalista.

Ernst Gombrich. La historia del Arte.
El cuadro: Caravaggio. La incredulidad de Santo Tomás, h. 1602-1603.

lunes, 25 de octubre de 2004

Lluvia

A las cinco de la tarde salgo de la biblioteca popular del barrio con un libro de Habermas en la mano que trata de Nietzsche. Lo meto dentro de la chaqueta para que no se moje porque empiezan a caer las primeras gotas, pero a medio camino la lluvia es tan fuerte que tengo que entrar en el primer bar que encuentro, una de esas tabernas que se montan en pocos metros de pasillo que sólo dejan espacio para una barra y unas sillas altas.

—Deme una cerveza por favor.

Mientras bebo leo el siguiente capítulo de Nietzsche que tenía pensado leer al llegar a casa. Un borracho grita consignas indescifrables sobre el futbol, o tal vez la política.

Nietzsche dice que nuestras supuestas verdades no lo son tanto. Nuestro instinto nos lleva a crear metáforas que damos por ciertas después de intercambiarlas. Nos creemos los símbolos que creamos para saciar nuestras necesidades elementales.

Mientras lo leo me acuerdo del curso de crítica de cine donde la metáfora de uso corriente era la del cine español al que nadie iba porque los borregos españoles tienen el cerebro lavado por las multinacionales estadounidenses.

Sólo por el olvido del primitivo mundo de metáforas... sólo olvidándose el hombre de sí mismo como sujeto, y precisamente como sujeto que crea artificialmente, vive en tranqulidad, seguridad y coherencia.
Nietzsche.


Mientras pienso, el borracho me trae a la realidad con su discurso. El camarero le grita que se vaya, que no quiere verlo. Pero no es un camarero perverso. En el fondo es el único ser humano que está dando al borracho lo que necesita, el papable reconocimiento de que existe, de que alguien sabe que está hablando. Hasta cierto punto el camarero se ha metido en mi libro y se me ha vuelto nietzscheano, porque es un camarero que no discute sobre la verdad o la mentira de las metáforas de su cliente.

Dedicado a Elías y a su post sobre el paraguas que me hizo tanta gracia.

Nota: después de pelearme con "enetation" y códigos cuyos arcanos desconozco he conseguido que los viejos comentarios aparezcan. Pero estoy seguro de que no sabría hacerlo una segunda vez.

Friedrich Nietzsche. Sobre la verdad y la mentira en sentido extramoral.
Jurgen Habermas. Sobre Nietzsche y otros ensayos.

miércoles, 20 de octubre de 2004

La ilustración y el pueblo


Los ilustrados quisieron sacar a España de su estancamiento y convertirla en una nación moderna. Actuaron sin precaución, persuadidos de que la voluntad del poder bastaría para imponer los cambios deseados. Despreciaron a la muchedumbre, grosera e ignorante; se esforzaron sinceramente por asegurar el bienestar y la felicidad del pueblo, pero sin el pueblo, y si era preciso, en contra del pueblo. Unas medidas autoritarias y torpes produjeron una ruptura entre una parte de la élite y el pueblo. La querella del teatro ilustra la dimensión del malentendido. Los reformistas otorgaban mucho interés al teatro. El teatro tiene una gran utilidad social, escribió Campomanes en 1766; bajo el pretexto de divertir, permitía al gobierno inculcar en los espectadores, a través de los actores, lecciones de virtud y de civismo. Ahora bien, el teatro, en España y más especialmente en Madrid, era una diversión popular. Los dramaturgos españoles sacrificaban el análisis psicológico en favor de la intriga que debía mantener al espectador interesado hasta el desenlace; multiplicaban las intrigas; les gustaban los efectos escénicos y la tramoya. Este tipo de teatro horripilaba a los reformistas, que lo encontraban de mal gusto y sin interés desde el punto de vista social. Querían sustituirlo por un teatro más acorde con las reglas y más pedagógico. Desgraciadamente, este tipo de teatro dejó indiferente al gran público, que prefería las obras espectaculares o las zarzuelas. En 1765 el gobierno decidió intervenir. Un decreto prohibió los autos sacramentales, aquellas obras sobre el Santísimo Sacramento que se representaban con ocasión de la fiesta del Corpus. Más allá de los autos, el objetivo era el teatro popular. Lo que se reprochaba a aquel teatro era ante todo que reflejaba y reafirmaba una ética que a primera vista aparecía como la negación del conjunto de valores predicados por la élite «ilustrada». Las reformas planteadas y los métodos utilizados para ponerlas en práctica chocaron con muchas de las situaciones dadas. Empezó entonces a desarrollarse una tendencia que Ortega y Gasset definió como plebeya: en la España del siglo XVIII, por una sorprendente subversión de los valores, un sector de las clases dirigentes se entusiasmó con las costumbres populares. El fenómeno se presenta bajo tres aspectos: los majos, los toros y el espejismo andaluz.


La discusión no ha cambiado tanto desde el siglo XVIII hasta nuestros días. Creo que si hubiera vivido en esa época yo hubiera defendido los toros y el espejismo andaluz, aunque solo fuera por escapar del tufo moralizante del teatro ilustrado.

Historia de España. Julio Valdeón, Joseph Pérez, Santos Juliá.

domingo, 8 de agosto de 2004

La levedad y el peso

Graham Greene dividía sus libros en divertimentos y obras serias. En el primer grupo encerraba casi toda su obra. Pero es una división que nunca compartí con él. Me gustan algunos de sus divertimentos mucho más que sus obras serias. Con Eduardo Mendoza es mucho más grave; sus tres libros de la serie “El misterio de la cripta embrujada” son lo mejor que tiene, pero todo el mundo dice que son meras travesuras.

Tengo dos libros que me gusta mucho leer a sorbos, uno es la colección de los ensayos de Montaigne, el otro la colección de las aventuras de Sherlock Holmes. Voy por rachas. A veces prefiero a Montaigne y a veces a Connan-Doyle. El primero me parece necesario, trascendente, tengo la sensación de que gracias a sus ensayos el mundo es mejor de lo que podía haber sido, y también siento que yo perdería mucho si no leyera a gente como él. En cambio Holmes no me parece necesario, me parece divertido. Lo leo porque es más entretenido que ver la tele.

Lo cierto es que cada vez que cojo un libro y lo leo, me muevo por un impulso que en un grado u otro se oscila entre esas dos fuerzas.

martes, 3 de agosto de 2004

¿Basura?

Mis amigos dicen que los pensamientos de Pascal sirven para pensar. Ciertamente, no hay nada en el universo que no sirva de estímulo al pensamiento.
Borges. Inquisiciones

Borges vindica al lector a expensas, incluso, del escritor. Llevado a un extremo podría decirse que no hacen falta tantos grandes autores, hacen falta grandes lectores. Aunque no lo parezca, hay en Borges un filón profundamente democrático. Sin embargo, la versión más común de la cultura suele ser aristocrática. La cultura es un espacio reservado a una cuantos que, aunque meaban y se quitaban pelos de la nariz como los demás, no son los demás. Son más, elija usted mismo el superlativo que le guste, sublimes, elevados, ilustres, inimitables y blablabla.

Por desgracia, la versión que ha llegado a nuestras escuelas no es la democrática. El niño no descubre en los libros de texto a sus congéneres, a sus iguales, sino a superiores intocables ante los cuales tiene que realizar un número indefinido y generalmente agotador de genuflexiones para hacerse acreedor de un título académico. Es una pena que ese espacio escolar donde nuestra juventud se aburre indeciblemente sea raras veces un lugar de crecimiento y con frecuencia un taller de programación y lavado de cerebros.

La respuestas a nuestras trituradoras educativas suelen ser muy polares. Por un lado están los individuos sumisos que asumen el fracaso como una culpa propia, suelen suscribirse a una colección por entregas de las grandes obras de la filosofía occidental que guardan con esmero hasta que puedan leerse y que postergan una y otra vez sin llegar nunca a hincarle el diente. El escolar rebelde no suele hacer tal cosa, elige siempre lo contrario de lo que vio en la escuela, el cine que más le divierte de la cartelera y que explica el éxito de las grandes producciones de Hollywood y también se apunta a los programas de cotilleo, prensa amarilla, esoterismo y culebrones. Estos últimos no son los ignorantes, son los lectores y espectadores democráticos. Están hartos de arrodillarse ante personalidades excelsas y entienden que el placer y el conocer son auténticos cuando se hacen de igual a igual. Por eso sus héroes no son excelsos o magnánimos, sino gente corriente que diría lo mismo que nosotros. Después de siglos intentando convencernos de que lo importante era aquello que nos hace distintos de los demás animales, hemos descubierto que lo importante también es lo que nos hace iguales, así que los programas populares hablan de sexo, de paternidades, de vanidades...

Personalmente adoro toda la mal llamada televisión basura, y no tengo ningún problema para encajar cualquier exabrupto que se les antoje en el apartado de comentarios. Pero quería recomendar, además un libro de filosofía escrito al calor de estos tiempos, se titula “La verdad sobre todo”, de Matthew Stewart.

Stewart le da un repaso a todos los filósofos trascendentales con el desprecio que siempre se merecieron y nadie se atrevió a darles, por miedo a caer en el pelotón de los niños malos. Y es curioso, porque, aunque Stewart los maltrata sin miramientos, también los conoce a la perfección. Stewart era el niño malo de la clase, pero sobre todo, era el más listo. Su perspectiva es práctica, alegre, dicharachera. Se burla de aquellas barbaridades que siempre nos enseñaron como sagradas, y les toma el pelo a todos como un colega.

El resultado es que uno no sabe si está delante de un tabloide o de un libro de filosofía. Uno descubre, eso sí, que las 800 páginas no se hacen pesadas y que al final, resulta que con tantas burlas uno llega por fin a entender que era eso del hilemorfismo de Aristóteles o la duda cartesiana. Uno llega a comprenderlo lo mismo que pilla un chiste o se entera de cómo se programa la lavadora, con cierta intrascendencia, y claro, habrá quien diga de esa manera no vale.

Matthew Stewart. La verdad sobre todo.

martes, 27 de julio de 2004

Mitos griegos

El mundo de los mitos es apasionante. Sirven para todo, descubres porqué las cosas se llaman como se llaman y que el héroe de la película que tanto te gustó es la enésima repetición de Ulises, o de Heracles. También es triste descubrir que leemos una copia, y peor pensar como Bloom que leemos malas fotocopias y que cada refrito pierde calidad.



Empecé interesándome por ellos gracias a Vogler, que estudió mitología con Joseph Campbell y que han descubierto una forma de aplicar la mitología al arte de hacer guiones. La fórmula se llama “el viaje del héroe”, y creo que ya hablé de ello. Consiste en segmentar un guión en un número de fases hasta llegar a la victoria final, y en asignar a los personajes una función hasta completar casting. Es una fórmula muy práctica que quizá no sirva para entender porqué nos emociona el viaje del héroe, pero que explica a la perfección porqué todos los guiones de hollywood son el mismo.

Gracias a estas pesquisas y a la recomendación de una amiga, no he podido evitar llegar a las fuentes. Ando leyendo libros de mitología, y tengo que recomendar el de Robert Graves, porque es el que menos explica y el que más relata.

Los mitos griegos funcionan hoy día menos de lo que debieron funcionar en su momento. Parte de los mitos quieren explicar cosas a ignorantes, y se enfrentan con el problema de que el lector actual no es ignorante, no vale hablarle de la cigüeña o del ratoncito Pérez, como tampoco vale explicar que tal constelación la pusieron en nombre de tal o cual dios. A un nivel más profundo representan emociones. Todo el mundo conoce el mito de Narciso, le prohíben que mire su reflejo, pero él lo hace y se enamora de sí mismo. La historia sirve para ponerle nombre a una forma de ser, usted puede llamar Narciso a quien quiera y le entenderá. Yo imagino que en la antigüedad también era posible nombrar de ese modo al resto de los mitos.

Los mitos son muy peliculeros. Transmiten emociones muy parecidas a las de una película o una novela. Había héroes valientes y egoístas, y el público debía identificarse con aquellos periplos, generalmente salpicados de ocurrencias e ingenio, iguales a una buena película. Sólo cambia un detalle, que los hace poco digeribles, y que explica el hecho de que hollywood no se haya lanzado de lleno a convertirlos en celuloide: no responden a criterios morales; no ganan los débiles; los parricidas y los asesinos no pagan sus delitos. De algún modo, la atmósfera moral es inquietante. Ignoro si lo es de un modo absoluto o si simplemente no puedo ya dejar de lado la herencia de dos mil cuatro años de cristianismo.

Christopher Vogler. El viaje del escritor.
Robert Graves. Los mitos Griegos.

miércoles, 21 de julio de 2004

La novela y la historia

A Asimov se le escapa el novelista que lleva dentro siempre que quiere hacer historia. El novelista vive la realidad como una de las posibilidades de la existencia, las cosas son así pero podrían ser de otro modo, y ninguna posibilidad vale más que otra. Al historiador sólo le interesa una de esas posibilidades, la que fue, Asimov se lo pasa en grande imaginando todas las demás:

Si no se hubiera firmado El Tratado del esclavo fugitivo el sur hubiera tenido un número pequeño de fugados, pero el norte no se hubiera escandalizado tanto al ver como se llevaban de sus ciudades a los infelices esclavos.

Si a Taylor y a Polk no los hubiera visitado un matasanos de la época, los dos hubieran sobrevivido.

Si los ingleses le hubieran concedido a EEUU el estatuto de autonomía que luego ofrecieron a Canadá, no hubiera habido una secesión americana.

Si Buchanan no hubiera alentado en un discurso a los estados del sur estos no hubieran ido a la guerra. Pero un mes antes de dejar la presidencia que había ganado Lincoln, Buchanan dijo que La Unión no tenía derecho a impedir la secesión.

Si MacCleland no hubiera sido tan indeciso y precavido; si hubiera invadido de un golpe la capital confederada, Richmond, la guerra de secesión hubiera acabado en un año.

Puede que Asimov tenga razón y puede que exagere. Pero pensar en lo que podía haber ocurrido, aparte de divertir, no arregla nada.

Una de las batallas más sangrientas aparece representada al principio de la película “Cold mountain”. Falta poco para acabar la guerra, y los unionistas tienen cercados por el sur a los confederados.

El 30 de julio todo estaba listo. Después de algunos problemas con la mecha, la pólvora estalló, volando una batería de cañones confederados y varios cientos de hombres. Luego era necesario que las tropas de la Unión atacasen por la grieta de la línea confederada. Por supuesto, la explosión había formado un enorme cráter; 50 metros de largo, por 18 de ancho y 9 de profundidad; así, lo sensato habría sido enviar hombres a ambos lados del cráter, pues los sobrevivientes confederados cercanos al cráter estaban en una total confusión.

Pero Burnside, habiendo echado a perder el apoyo de la artillería, envió a sus hombres dentro del cráter. Mientras trataban de trepar por el reborde más alejado, los confederados se recuperaron y, al ver que había una masa de soldados inermes en un agujero, mataron a todos los que pudieron. El costo para la Unión fue de casi cuatro mil hombres.


Isaac Asimov. Los Estados Unidos desde 1816 hasta la Guerra Civil.