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jueves, 12 de noviembre de 2009

James Wood

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Nadie negaría que escribir de esta manera se ha convertido en una especie de reglamento invisible, de modo que ya no notamos su artificialidad. Uno de los motivos para ello es económico. El realismo comercial ha acaparado el mercado, se ha convertido en la marca más potente de la ficción. Debemos esperar que esta marca se reproduzca económicamente, una y otra vez. Por eso la queja de que el realismo no es más que una gramática o conjunto de normas que oscurecen la vida es una descripción mejor para le Carré o para P. D. James que para Flaubert o para George Eliot o Isherwood: cuando un estilo se descompone, se aplana y se convierte en un género, entonces en realidad se convierte en una serie de gestos y técnicas que suelen carecer de vida. La eficiencia del género del thriller toma todo lo que necesita de Flaubert o de Isherwood, mucho más eficientes, y elimina lo que hizo verdaderamente vivos a esos escritores. Y, por supuesto, el género más privilegiado económicamente de ese tipo de «realismo» que carece casi de vida es el cine comercial, a través del cual la mayoría de la gente hoy en día recibe su idea de lo que constituye una narración «realista».

James Wood: "Los mecanismos de la ficción"

jueves, 29 de octubre de 2009

Dormir fuera

Era la cuarta vez que Emma dormía en un lugar desconocido. La primera vez había sido el día que entró en el convento; la segunda cuando llegó Tostes; la tercera en La Vaubyessard, y la cuarta ahora; y cada una había coincidido con el comienzo de una nueva fase en su vida. No creía que las mismas cosas pudieran repetirse en sitios diferentes, y teniendo en cuenta que lo hasta entonces vivido había sido malo, era lógico pensar que lo que le quedaba por vivir sería mejor.

Gustave Flaubert. "Madame Bovary".

sábado, 6 de diciembre de 2008

Kitsch

Kundera definía el Kitsch como un universo donde no existe la mierda. Murakami es kitsch. Los dos protagonistas de After Dark, Mari y Takahashi se encuentran en un garito a altas horas de la noche y charlan. Pero no de desahogan. No se expresan. Cada uno, cuando abre la boca está pintando un yo ideal y bastante repipi donde no caben debilidades ni exabruptos. No hablan entre sí, hablan para nosotros, para los millones de lectores que somos testigos de la conversación. Hablan para el confesor, o bien, para la cámara. Todo es guay en Murakami. No hace falta añadir cuanto desprecio este tipo de literatura.

Haruki Murakami. After Dark. Tusquets editores, 2008.

martes, 7 de octubre de 2008

El cuento del buldero

A principios del siglo XIII, un mito lucrativo cundió por todas las naciones de Europa. Nadie ignora que los méritos de los santos vastamente superan lo requerido para su redención personal; los teólogos imaginaron que ese excedente había formado en el inconcebible Cielo un depósito, el llamado thesaurus meritorum; alguien propaló que las llaves estaban en manos del Papa; éste, para que ese depósito ideal fuera de algún provecho a la grey, toleró (y aun estableció) la venta de indulgencias. De las múltiples derivaciones de ese acto básteme citar dos: una, las noventa y cinco tesis que Lutero clavó en la puerta de la iglesia de Wittenberg; otra, este copioso cuento de Chaucer, cuyo narrador es un pardoner, un distribuidor de indulgencias.

Desde las 1001 Noches de Shahrazad hasta los Three impostors de Machen, abundan las ficciones en las que un cuento sirve de marco general a otros cuentos; Chesterton aprovecha esa metáfora para escribir que Chaucer fue el inventor de una galería, donde los marcos suelen superar a los cuadros. En cada uno de los Canterbury Tales, debemos considerar dos valores: el valor narrativo de la fábula; el valor dramático de atribuirla a determinado interlocutor. Para este apólogo moral de los tres libertinos que salen a buscar a la Muerte pero a quienes encuentra la Muerte, Chaucer, con admirable adecuación, elige un canalla. Un canalla elocuente, versado en la historia sagrada y en la profana, un hombre que parece contar con la aprobación del autor hasta que, despachado su apólogo, un tabernero le descarga esta ira:

But by the croys which that seint Eleyne fond,
I wolde I hadde thy coillons in myn hond...

Naturalmente, trascribir tales versos es más fácil que traducirlos; Gannon ha preferido atenuarlos. Ha comprendido que Chaucer es, ante todo, un narrador. Le ha hecho el honor de sacrificar deliberadamente el sabor antiguo -ese regalo involuntario del tiempo- a la fiel traducción de cada párrafo (no de cada palabra) y de cada rasgo psicológico. Intercala, a veces, un epíteto afortunado. Así transforma:

This cokes, how they stampe, and strayne, and grinde,
And turnen substance in-to accident.

en «¡Cómo los cocineros deben batir, colar y majar, a fin de transformar la substancia en deleitoso accidente!»

Jorge Luis Borges.

martes, 30 de septiembre de 2008

El efecto de los estereotipos

La investigación sobre estereotipos muestra no sólo que reaccionamos de manera distinta cuando tenemos un estereotipo sobre un determinado grupo de personas, sino también que las propias personas objeto de dicho estereotipo reaccionan de forma diferente cuando son conscientes de la etiqueta que se ven obligadas a llevar (en la jerga psicológica se dice que están «predispuestas» por dicha etiqueta). Así, por ejemplo, un estereotipo sobre los asiático-americanos es el de que éstos se hallan especialmente dotados para las matemáticas y las ciencias. Y un estereotipo común sobre las mujeres es el de que son malas en matemáticas. Eso significa que las mujeres asiático-americanas podrían verse influenciadas por ambas nociones.

Y de hecho, eso es precisamente lo que ocurre. En un remarcable experimento, Margaret Shin, Todd Pittinsky y Nalini Ambady pidieron a varias mujeres asiático-americanas que realizaran un examen de matemáticas objetivo. Pero primero dividieron a dichas mujeres en dos grupos. A las de uno de los dos grupos se les planteó una serie de preguntas relacionadas con su sexo. Por ejemplo, se les preguntó por sus preferencias con respecto a las residencias mixtas, predisponiendo así sus pensamientos hacia las cuestiones relacionadas con su sexo. A las mujeres del segundo grupo, en cambio, se les formularon preguntas relacionadas con su raza. Se trataba de preguntas sobre las lenguas que conocían, las que hablaban en casa y la historia de su familia desde su llegada a Estados Unidos, predisponiendo de ese modo sus pensamientos hacia las cuestiones relacionadas con su raza.

El rendimiento de ambos grupos en el examen difirió de forma tal que concordaba con los estereotipos tanto sobre las mujeres como sobre los asiático-americanos. Las mujeres a las que se había recordado su condición femenina obtuvieron peores resultados que aquellas a las que se había recordado su condición de asiático-americanas. Estos resultados muestran que incluso nuestro propio comportamiento puede verse influenciado por nuestros estereotipos, y que la activación de dichos estereotipos puede depender de nuestro actual estado mental y de cómo nos veamos a nosotros mismos en ese momento.

Dan Ariely. “Las trampas del deseo”.

viernes, 12 de septiembre de 2008

Mercantilismo

El dinero puede motivarnos de manera inmediata, pero las normas sociales son las fuerzas que pueden marcar la diferencia a largo plazo. En lugar de centrar la atención de los profesores, los padres y los alumnos en las notas, los salarios y la competencia, quizá fuera mejor infundir en todos nosotros el sentimiento de tener un objetivo, una misión, y el orgullo por la enseñanza. Para hacer eso está claro que no podemos tomar la senda de las normas mercantiles. Los Beatles proclamaron hace ya tiempo que «No puedes comprarme amor», y eso se aplica también al amor por la enseñanza: no se puede comprar, y si uno lo intenta, puede que acabe por ahuyentarlo.

¿Qué se puede hacer, pues, para mejorar el sistema educativo? Probablemente deberíamos empezar por reexaminar el currículo escolar y vincularlo de una forma más obvia a los objetivos sociales (la lucha contra la pobreza y la delincuencia, la mejora de los derechos humanos, etc.), tecnológicos (fomentar la conservación energética, la exploración espacial, la nanotecnología, etc.) y sanitarios (curas para el cáncer, la diabetes, la obesidad, etc.) que nos preocupan en la sociedad actual. De ese modo los estudiantes, profesores y padres podrían ver la importancia de la enseñanza y sentirse más entusiastas y motivados ante ésta. Habría que esforzarse más también en tratar de convertir la enseñanza en un objetivo en sí misma, y dejar de confundir el número de horas que pasan los estudiantes en la escuela con la calidad de la educación que reciben. Hay muchas cosas que pueden entusiasmar a los chicos -el baloncesto, por ejemplo-, y nuestro reto como sociedad consiste en lograr que deseen saber tantas cosas sobre los premios Nobel como hoy saben sobre los jugadores de baloncesto. No estoy sugiriendo que generar una pasión social por la enseñanza sea una tarea sencilla; pero si lo logramos, el valor obtenido puede ser inmenso.

Dan Ariely. “Las trampas del deseo

jueves, 11 de septiembre de 2008

Trincheras

Así tenemos a los alumnos que aparecen en clase, con una impuntualidad británica, quince minutos después de que ésta comience sin que semejante burla y tal desprecio por el trabajo del profesor, de sus compañeros y por el suyo propio parezca producir en ellos el menor escrúpulo o rubor; los mismos que sólo por equivocación y bajo amenaza de muerte hacen los deberes o entregan trabajos una o dos semanas después de la fecha designada como límite, reprochándole al profesor que llegue cinco minutos tarde a clase o que no tenga los exámenes corregidos para el día siguiente de haberlos realizado. Erigidos en guías éticos, en fuente de enseñanzas morales tres minutos antes de insultar a un compañero o contestar a voces al profesor con un tono y unas expresiones que avergonzarían a no pocos delincuentes comunes, juzgan la conducta del profesor con una severidad digna de profetas, como si por ella se vieran afectados irreversiblemente en su progreso académico y personal, ese que parece no importarles lo más mínimo cuando es su propia conducta la juzgada y su formación la que está en juego.

En uno de los institutos en los que trabajé, un profesor defendía a capa y espada que si sus alumnos tenían derecho a reírse en sus clases el tenía derecho a hacer lo mismo. ¿Acaso no somos iguales? Le respondí que los chicos no cobran miles de euros al mes por estar allí, pero no le importó mucho el razonamiento. Los profesores tienen la sartén por el mango.

No somos los maestros de escuela de antaño que pasaban hambre y robaban el bocadillo a los pupilos. Ni siquiera somos el cuerpo honrado que hacía su trabajo por vocación. Hoy día somos un grupo corporativo más.

Con el eslogan invariable de “mejorar la calidad de la enseñanza”, los funcionarios, los profesores han ido consiguiendo concesión tras concesión. Reducciones de horario, de responsabilidad, de cumplimiento, de obligaciones. Algunos compañeros se niegan a que se hagan pruebas de nivel a sus alumnos. ¿Conocen algún otro trabajo en el que el trabajador se niegue a dar cuenta de lo que ha hecho durante un año?

Los niños son testigos de una de las grandes injusticias del siglo XXI. Mientras sus padres tienen que hacer horas extra sin paga para seguir en empleos inestables, aquellos encargados de educarles protestan día y noche por sus condiciones de trabajo desde sus altares de oro. No es de extrañar que muchos profesores vivan la situación desde una trinchera como Sánchez Tortosa. Significa que son conscientes de que hay una guerra a muerte entre dos clases sociales. La de los que tienen todo sin dar nada a cambio y la de los hijos de los que los que tienen que pelearse por cada hogaza de pan. Lo que creo que Sánchez Tortosa no ve con tanta claridad, es en qué bando está él.

José Sánchez Tortosa. "El profesor en la trinchera".

martes, 19 de agosto de 2008

Hablar de política

(Aquí, el autor hubiera querido poner una página de puntos. «No será gracioso —le dijo el editor— y, tratándose de un escrito tan frívolo, no ser gracioso es como morir.»

—La política —prosigue el autor— es una piedra atada al cuello de la literatura y que, en menos de seis meses, la sumerge. La política, cuando existen intereses de imaginación, es un pistoletazo en medio de un concierto. Es un ruido desgarrador sin ser enérgico. No puede concertarse con ningún instrumento. La política que sigue ofenderá mortalmente a la mitad de los lectores y aburrirá a la otra, que ya la habrá leído en el periódico de la mañana en forma mucho más especial y enérgica...

—Si sus personajes no hablan de política —continúa el editor— no son franceses de 1830 y su libro ya no es un espejo, como usted pretende...)


En mitad de la narración, Stendhal intercala un paréntesis algo sarcástico.

Stendhal. "Rojo y negro".

domingo, 10 de agosto de 2008

Los hombres que no amaban a las mujeres

Me cuesta explicar que hay en este libro que me enganchó de tal manera a sus casi 700 páginas. No fui capaz de dejarlo hasta que lo devoré en poco tiempo. Todos los lectores buscamos lecturas compulsivas como el texto de Larssen. Los que aspiramos a escribir, y todos los lectores somos escritorzuchos en potencia, soñamos con desentrañar los misterios que consiguen tal grado de mesmerización.

La novela tiene dos protagonistas. Son dos perdedores y eso hace que conectemos inmediatamente con ellos. Mikael Blomkvist dirige una revista y tiene que ir a la carcel por un artículo difamatorio. Ha perdido un juicio contra un hombre poderoso, pero el artículo era verdadero. Ella es una excluida social. Debido a su conducta y al sobreprotector sistema sueco su cuenta corriente pasa bajo la supervisión de un tutor. Cuando su tutor muere, la sucede un hombre aprovechado que quiere utilizarla sexualmente.

El director de la revista recibe una oferta de trabajo un tanto extraña, un millonario propietario de un grupo industrial quiere que trabaje durante un año redactando la crónica familiar, lo cual es una tapadera para que investigue un suceso negro de esa crónica, la desaparición de su sobrina Harriet en 1966.

Puede que el secreto de una historia capaz de atrapar al lector de tal manera esté en los personajes, o puede que esté en ese universo nórdico de grandes causas de viviendas aisladas y de empresarios y dueños de revistas. Puede que se trate del lenguaje tan austero, tan lejano al melodrama y al exceso. O puede que sea todo un poco. Pero estas historias absorventes son también un problema. Una vez las acabas te pasas meses buscando un repuesto imposible. ¿Cuando van a traducir la segunda parte de la trilogía?

Una pega. Lisbeth Salander acaba siendo la protagonista de la historia, y sobre todo, la heroina. Ella tiene todos los atajos de un hacker sabelotodo, pero el mero desarrollo de la historia, conducía de un modo natural a que lo fuera él, no ella.

Stieg Larsson. "Los hombres que no amaban a las mujeres".

sábado, 26 de julio de 2008

Stendhal

Era apocado. Cuando estaba en Italia, preguntó a otro oficial como él qué debía hacer para conseguir los «favores» de una mujer y anotó con absoluta seriedad los consejos que recibió. Comenzó a asediar a las mujeres conforme a las reglas, del mismo modo que había intentado escribir obras de teatro conforme a las reglas, y se ofendía cuando se percataba de que les parecía ridículo y se sorprendía cuando notaban su falta de sinceridad. Aunque era inteligente, da la impresión de que nunca se le pasó por la cabeza que el lenguaje que una mujer entiende es el lenguaje del corazón, y que el lenguaje de la razón la deja fría. Pensaba que podía conseguir mediante estratagemas y argucias lo que sólo puede alcanzarse con el sentimiento.

Maughan es implacable con Stendhal. Algunos pasajes que cuenta de la vida del autor son idénticos a los de su personaje, Julian Sorel, en “Rojo y Negro”.

William Somerset Maughan, "Diez grandes novelas y sus autores".

martes, 8 de julio de 2008

Regla n. 7

REGLA N.° 7: NUNCA SEAS UN BUEN CHICO

El debate sobre si hay que ser un buen chico o un gilipollas es uno de los más viejos en el mundo del sexo. Los buenos chicos son educados, considerados, amigables, tiernos, atentos y románticos. Suelen tener muchas amigas pero no muchas amantes, y pueden pasarse toda la noche hablando con una chica guapa, para que esta al final se vaya del brazo de algún «gilipollas», aprovechando que ellos van al baño.

Enfrentémonos a la realidad: los gilipollas consiguen a las mujeres. Por ese motivo, la mayoría de la gente supone que un manual de consejos para seducir (como este libro) enseñará a los hombres a ser unos gilipollas. ¿Y sabes una cosa?: es la pura verdad.

El problema está en que la mayor parte de la gente —o, debería decir, toda la gente que no entiende las reglas del juego— se equivoca al definir qué es un «buen chico» y qué es un «gilipollas». Creen que un gilipollas es un chico con demasiada confianza en sí mismo, agresivo, maleducado, ególatra, sexual y musculoso a quien no le importan ni lo más mínimo las mujeres con las que se acuesta. Esto no es verdad de ninguna manera, si bien tengo que admitir que, nueve veces de cada diez, el tipo que acabo de describir es el que se lleva a la chica escalera arriba para tirársela, mientras el chico bueno se queda fuera bajo la lluvia con un ramo de flores marchitas.

¿Y por qué? No es porque a las mujeres les gusten los gilipollas. Las mujeres prefieren a los hombres educados antes que a los groseros y a los que les hacen caso antes que a los que van a lo suyo. El problema está en la manera en que los buenos chicos muestran sus virtudes. Con el fin de presentase como amigables y románticos, estos «buenos chicos» creen que tienen que «desconectar» su sexualidad. Esconden sus deseos para no ofender a las mujeres, mostrándose como personas andróginas y asexuadas. La primera impresión que dan es de castración, debilidad y falta de deseo. En el mejor de los casos, siembran la confusión en las mujeres sobre si las encuentran atractivas. En el peor de los casos, ellas les pierden totalmente el respeto. ¿Es necesario decir que estamos ante un error grave?

A las mujeres les gusta saber que se las desea. Esto les da equilibrio y disipa sus temores sobre la posibilidad de que sus deseos no sean correspondidos. Para aclarar las cosas, tienes que aceptar plenamente tus deseos sexuales y llegar a sentirte cómodo con las cuestiones del sexo. ¿Es un error hacer saber a una mujer que la consideras muy atractiva y estimulante? ¿Resulta grosero ser honesto en relación con el hecho de que, como a todo el mundo, te gusta el sexo?

Eso es lo que los gilipollas ofrecen a las mujeres a diferencia de los buenos chicos: no tienen miedo al sexo. La carga sexual atrae a las mujeres, porque ellas también son seres sexuales, y quieren estar con alguien que tenga la suficiente confianza en sí mismo para satisfacer todos sus deseos.

Así que, adelante, sé educado, atento, romántico y considerado. En este libro aprenderás a utilizar y apreciar todos estos rasgos personales. Pero nunca jamás te olvides de hacerles saber que quieres ir a por todas.

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Hay dos tipos de personas que consideran que el Perfecto-Artista-de-la-Seduccion es un gilipollas: los hombres a quienes les ha robado las mujeres y las mujeres que piensan que las ha engañado y las ha tratado de manera indecente. Dejemos aparte a los hombres. Esos tipos son perdedores. Pero prestemos atención en todo momento a nuestra reputación entre las mujeres. Nunca engañes a una chica. Si lo que quieres es un plan de una noche, déjaselo muy claro. Si estás saliendo con muchas mujeres, confiésalo antes de que se meta en tu cama. Y si dices a una mujer que vas a llamarla, hazlo. Sin excepciones.

Tony Clink. “The lay guide”.

lunes, 16 de junio de 2008

Julien Sorel

Afirmamos que en el origen de un deseo siempre existe el espectáculo de otro deseo, real o ilusorio. Parece que esta ley experimenta numerosas excepciones. ¿No es la repentina indiferencia de Mathilde lo que inflama el deseo de Julien? ¿No es, algo más adelante, la indiferencia heroicamente simulada por Julien, más aún que el deseo rival de Mme. de Fervacques, lo que despierta el deseo de Mathilde? En la génesis de estos deseos, la indiferencia desempeña un papel que parece contradecir los resultados de nuestros análisis.

[...]

La indiferencia de la coqueta hacia los sufrimientos de su amante no es simulada pero no tiene nada que ver con la indiferencia común. No es ausencia de deseo: es la otra cara de un deseo de sí mismo. El amante no se deja engañar. Cree incluso entender en la indiferencia de su amada la autonomía divina de la que él se siente privado y que arde en deseos de conquistar. Esta es la razón de que la coquetería azuce el deseo del amante. Y a cambio, este deseo ofrece un nuevo alimento a la coquetería. Aparece el círculo vicioso de la doble mediación.

La «desesperación» del amante y la coquetería de la amada aumentan conjuntamente porque cada uno de los dos sentimientos está copiado del otro. Es un mismo deseo, cada vez más intenso, el que circula entre los dos. Si los amantes nunca llegan a ponerse de acuerdo, no es porque sean demasiado «diferentes», como sostienen el sentido común y las novelas sentimentales, sino porque cada uno de los dos es copia del otro. Pero cuanto más se parecen, más diferentes se imaginan. El Mismo que los obsesiona es concebido como el Otro absoluto. La doble mediación asegura una oposición tan radical como vacía, la oposición línea a línea y punto a punto de dos figuras simétricas y de sentido inverso.

René Girard. “Mentira romántica y verdad novelesca”.

sábado, 7 de junio de 2008

Fukú

It was believed, even in educated circles, that anyone who plotted against Trujillo would incur a fuku most powerful, down to the seventh generation and beyond. If you even thought a bad thing about Trujillo,yz/a, a hurricane would sweep your family out to sez,fud, a boulder would fall out of a clear sky and squash you, fud, the shrimp you ate today was the cramp that killed you tomorrow. Which explains why everyone who tried to assassinate him always got done, why those dudes who finally did buck him down all died so horrifically. And what about fucking Kennedy? He was the one who green-lighted the assassination of Trujillo in 1961, who ordered the CIA to deliver arms to the Island. Bad move, cap'n. For what Kennedy's intelligence experts failed to tell him was what every single Dominican, from the richest jabao in Mao to the poorest giiey in El Buey, from the oldest anciano sanmacorisano to the littlest carajito in San Francisco, knew: that whoever killed Trujillo, their family would suffer a fuku so dreadful it would make the one that attached itself to the Admiral jojote in comparison. You want a final conclusive answer to the Warren Commission's question, Who killed JFK? Let me, your humble Watcher, reveal once and for all the God's Honest Truth: It wasn't the mob or LBJ or the ghost of Marilyn Fucking Monroe. It wasn't aliens or the KGB or a lone gunman. It wasn't the Hunt Brothers of Texas or Lee Harvey or the Trilateral Commission. It was Trujillo; it was the fuku. Where in conazo do you think the so-called Curse of the Kennedys comes from?2 How about Vietnam? Why do you think the greatest power in the world lost its first war to a Third World country like Vietnam? I mean, Negro, please. It might interest you that just as the U.S. was ramping up its involvement in Vietnam, LBJ launched an illegal invasion of the Dominican Republic (April 28, 1965). (Santo Domingo was Iraq before Iraq was Iraq.) A smashing military success for the U.S., and many of the same units and intelligence teams that took part in the "democratization" of Santo Domingo were immediately shipped off to Saigon. What do you think these soldiers, technicians, and spooks carried with them, in their rucks, in their suitcases, in their shirt pockets, on the hair inside their nostrils, caked up around their shoes? Just a little gift from my people to America, a small repayment for an unjust war. That's right, folks. Fuku.

The brief and wondrous life of Oscar Wao. Junot Díaz. La novela ganó el Pulizer de 2008.