Graham Greene dividía sus libros en divertimentos y obras serias. En el primer grupo encerraba casi toda su obra. Pero es una división que nunca compartí con él. Me gustan algunos de sus divertimentos mucho más que sus obras serias. Con Eduardo Mendoza es mucho más grave; sus tres libros de la serie “El misterio de la cripta embrujada” son lo mejor que tiene, pero todo el mundo dice que son meras travesuras.
Tengo dos libros que me gusta mucho leer a sorbos, uno es la colección de los ensayos de Montaigne, el otro la colección de las aventuras de Sherlock Holmes. Voy por rachas. A veces prefiero a Montaigne y a veces a Connan-Doyle. El primero me parece necesario, trascendente, tengo la sensación de que gracias a sus ensayos el mundo es mejor de lo que podía haber sido, y también siento que yo perdería mucho si no leyera a gente como él. En cambio Holmes no me parece necesario, me parece divertido. Lo leo porque es más entretenido que ver la tele.
Lo cierto es que cada vez que cojo un libro y lo leo, me muevo por un impulso que en un grado u otro se oscila entre esas dos fuerzas.
domingo, 8 de agosto de 2004
martes, 3 de agosto de 2004
¿Basura?
Mis amigos dicen que los pensamientos de Pascal sirven para pensar. Ciertamente, no hay nada en el universo que no sirva de estímulo al pensamiento.
Borges. Inquisiciones
Borges vindica al lector a expensas, incluso, del escritor. Llevado a un extremo podría decirse que no hacen falta tantos grandes autores, hacen falta grandes lectores. Aunque no lo parezca, hay en Borges un filón profundamente democrático. Sin embargo, la versión más común de la cultura suele ser aristocrática. La cultura es un espacio reservado a una cuantos que, aunque meaban y se quitaban pelos de la nariz como los demás, no son los demás. Son más, elija usted mismo el superlativo que le guste, sublimes, elevados, ilustres, inimitables y blablabla.Por desgracia, la versión que ha llegado a nuestras escuelas no es la democrática. El niño no descubre en los libros de texto a sus congéneres, a sus iguales, sino a superiores intocables ante los cuales tiene que realizar un número indefinido y generalmente agotador de genuflexiones para hacerse acreedor de un título académico. Es una pena que ese espacio escolar donde nuestra juventud se aburre indeciblemente sea raras veces un lugar de crecimiento y con frecuencia un taller de programación y lavado de cerebros.
La respuestas a nuestras trituradoras educativas suelen ser muy polares. Por un lado están los individuos sumisos que asumen el fracaso como una culpa propia, suelen suscribirse a una colección por entregas de las grandes obras de la filosofía occidental que guardan con esmero hasta que puedan leerse y que postergan una y otra vez sin llegar nunca a hincarle el diente. El escolar rebelde no suele hacer tal cosa, elige siempre lo contrario de lo que vio en la escuela, el cine que más le divierte de la cartelera y que explica el éxito de las grandes producciones de Hollywood y también se apunta a los programas de cotilleo, prensa amarilla, esoterismo y culebrones. Estos últimos no son los ignorantes, son los lectores y espectadores democráticos. Están hartos de arrodillarse ante personalidades excelsas y entienden que el placer y el conocer son auténticos cuando se hacen de igual a igual. Por eso sus héroes no son excelsos o magnánimos, sino gente corriente que diría lo mismo que nosotros. Después de siglos intentando convencernos de que lo importante era aquello que nos hace distintos de los demás animales, hemos descubierto que lo importante también es lo que nos hace iguales, así que los programas populares hablan de sexo, de paternidades, de vanidades...
Personalmente adoro toda la mal llamada televisión basura, y no tengo ningún problema para encajar cualquier exabrupto que se les antoje en el apartado de comentarios. Pero quería recomendar, además un libro de filosofía escrito al calor de estos tiempos, se titula “La verdad sobre todo”, de Matthew Stewart.
Stewart le da un repaso a todos los filósofos trascendentales con el desprecio que siempre se merecieron y nadie se atrevió a darles, por miedo a caer en el pelotón de los niños malos. Y es curioso, porque, aunque Stewart los maltrata sin miramientos, también los conoce a la perfección. Stewart era el niño malo de la clase, pero sobre todo, era el más listo. Su perspectiva es práctica, alegre, dicharachera. Se burla de aquellas barbaridades que siempre nos enseñaron como sagradas, y les toma el pelo a todos como un colega.
El resultado es que uno no sabe si está delante de un tabloide o de un libro de filosofía. Uno descubre, eso sí, que las 800 páginas no se hacen pesadas y que al final, resulta que con tantas burlas uno llega por fin a entender que era eso del hilemorfismo de Aristóteles o la duda cartesiana. Uno llega a comprenderlo lo mismo que pilla un chiste o se entera de cómo se programa la lavadora, con cierta intrascendencia, y claro, habrá quien diga de esa manera no vale.
Matthew Stewart. La verdad sobre todo.
martes, 27 de julio de 2004
Mitos griegos
El mundo de los mitos es apasionante. Sirven para todo, descubres porqué las cosas se llaman como se llaman y que el héroe de la película que tanto te gustó es la enésima repetición de Ulises, o de Heracles. También es triste descubrir que leemos una copia, y peor pensar como Bloom que leemos malas fotocopias y que cada refrito pierde calidad.

Empecé interesándome por ellos gracias a Vogler, que estudió mitología con Joseph Campbell y que han descubierto una forma de aplicar la mitología al arte de hacer guiones. La fórmula se llama “el viaje del héroe”, y creo que ya hablé de ello. Consiste en segmentar un guión en un número de fases hasta llegar a la victoria final, y en asignar a los personajes una función hasta completar casting. Es una fórmula muy práctica que quizá no sirva para entender porqué nos emociona el viaje del héroe, pero que explica a la perfección porqué todos los guiones de hollywood son el mismo.
Gracias a estas pesquisas y a la recomendación de una amiga, no he podido evitar llegar a las fuentes. Ando leyendo libros de mitología, y tengo que recomendar el de Robert Graves, porque es el que menos explica y el que más relata.
Los mitos griegos funcionan hoy día menos de lo que debieron funcionar en su momento. Parte de los mitos quieren explicar cosas a ignorantes, y se enfrentan con el problema de que el lector actual no es ignorante, no vale hablarle de la cigüeña o del ratoncito Pérez, como tampoco vale explicar que tal constelación la pusieron en nombre de tal o cual dios. A un nivel más profundo representan emociones. Todo el mundo conoce el mito de Narciso, le prohíben que mire su reflejo, pero él lo hace y se enamora de sí mismo. La historia sirve para ponerle nombre a una forma de ser, usted puede llamar Narciso a quien quiera y le entenderá. Yo imagino que en la antigüedad también era posible nombrar de ese modo al resto de los mitos.
Los mitos son muy peliculeros. Transmiten emociones muy parecidas a las de una película o una novela. Había héroes valientes y egoístas, y el público debía identificarse con aquellos periplos, generalmente salpicados de ocurrencias e ingenio, iguales a una buena película. Sólo cambia un detalle, que los hace poco digeribles, y que explica el hecho de que hollywood no se haya lanzado de lleno a convertirlos en celuloide: no responden a criterios morales; no ganan los débiles; los parricidas y los asesinos no pagan sus delitos. De algún modo, la atmósfera moral es inquietante. Ignoro si lo es de un modo absoluto o si simplemente no puedo ya dejar de lado la herencia de dos mil cuatro años de cristianismo.
Christopher Vogler. El viaje del escritor.
Robert Graves. Los mitos Griegos.

Empecé interesándome por ellos gracias a Vogler, que estudió mitología con Joseph Campbell y que han descubierto una forma de aplicar la mitología al arte de hacer guiones. La fórmula se llama “el viaje del héroe”, y creo que ya hablé de ello. Consiste en segmentar un guión en un número de fases hasta llegar a la victoria final, y en asignar a los personajes una función hasta completar casting. Es una fórmula muy práctica que quizá no sirva para entender porqué nos emociona el viaje del héroe, pero que explica a la perfección porqué todos los guiones de hollywood son el mismo.
Gracias a estas pesquisas y a la recomendación de una amiga, no he podido evitar llegar a las fuentes. Ando leyendo libros de mitología, y tengo que recomendar el de Robert Graves, porque es el que menos explica y el que más relata.
Los mitos griegos funcionan hoy día menos de lo que debieron funcionar en su momento. Parte de los mitos quieren explicar cosas a ignorantes, y se enfrentan con el problema de que el lector actual no es ignorante, no vale hablarle de la cigüeña o del ratoncito Pérez, como tampoco vale explicar que tal constelación la pusieron en nombre de tal o cual dios. A un nivel más profundo representan emociones. Todo el mundo conoce el mito de Narciso, le prohíben que mire su reflejo, pero él lo hace y se enamora de sí mismo. La historia sirve para ponerle nombre a una forma de ser, usted puede llamar Narciso a quien quiera y le entenderá. Yo imagino que en la antigüedad también era posible nombrar de ese modo al resto de los mitos.
Los mitos son muy peliculeros. Transmiten emociones muy parecidas a las de una película o una novela. Había héroes valientes y egoístas, y el público debía identificarse con aquellos periplos, generalmente salpicados de ocurrencias e ingenio, iguales a una buena película. Sólo cambia un detalle, que los hace poco digeribles, y que explica el hecho de que hollywood no se haya lanzado de lleno a convertirlos en celuloide: no responden a criterios morales; no ganan los débiles; los parricidas y los asesinos no pagan sus delitos. De algún modo, la atmósfera moral es inquietante. Ignoro si lo es de un modo absoluto o si simplemente no puedo ya dejar de lado la herencia de dos mil cuatro años de cristianismo.
Christopher Vogler. El viaje del escritor.
Robert Graves. Los mitos Griegos.
miércoles, 21 de julio de 2004
La novela y la historia
A Asimov se le escapa el novelista que lleva dentro siempre que quiere hacer historia. El novelista vive la realidad como una de las posibilidades de la existencia, las cosas son así pero podrían ser de otro modo, y ninguna posibilidad vale más que otra. Al historiador sólo le interesa una de esas posibilidades, la que fue, Asimov se lo pasa en grande imaginando todas las demás:Si no se hubiera firmado El Tratado del esclavo fugitivo el sur hubiera tenido un número pequeño de fugados, pero el norte no se hubiera escandalizado tanto al ver como se llevaban de sus ciudades a los infelices esclavos.
Si a Taylor y a Polk no los hubiera visitado un matasanos de la época, los dos hubieran sobrevivido.
Si los ingleses le hubieran concedido a EEUU el estatuto de autonomía que luego ofrecieron a Canadá, no hubiera habido una secesión americana.
Si Buchanan no hubiera alentado en un discurso a los estados del sur estos no hubieran ido a la guerra. Pero un mes antes de dejar la presidencia que había ganado Lincoln, Buchanan dijo que La Unión no tenía derecho a impedir la secesión.
Si MacCleland no hubiera sido tan indeciso y precavido; si hubiera invadido de un golpe la capital confederada, Richmond, la guerra de secesión hubiera acabado en un año.
Puede que Asimov tenga razón y puede que exagere. Pero pensar en lo que podía haber ocurrido, aparte de divertir, no arregla nada.
Una de las batallas más sangrientas aparece representada al principio de la película “Cold mountain”. Falta poco para acabar la guerra, y los unionistas tienen cercados por el sur a los confederados.
El 30 de julio todo estaba listo. Después de algunos problemas con la mecha, la pólvora estalló, volando una batería de cañones confederados y varios cientos de hombres. Luego era necesario que las tropas de la Unión atacasen por la grieta de la línea confederada. Por supuesto, la explosión había formado un enorme cráter; 50 metros de largo, por 18 de ancho y 9 de profundidad; así, lo sensato habría sido enviar hombres a ambos lados del cráter, pues los sobrevivientes confederados cercanos al cráter estaban en una total confusión.
Pero Burnside, habiendo echado a perder el apoyo de la artillería, envió a sus hombres dentro del cráter. Mientras trataban de trepar por el reborde más alejado, los confederados se recuperaron y, al ver que había una masa de soldados inermes en un agujero, mataron a todos los que pudieron. El costo para la Unión fue de casi cuatro mil hombres.
Isaac Asimov. Los Estados Unidos desde 1816 hasta la Guerra Civil.
lunes, 7 de junio de 2004
Conservadores y revolucionarios
Lalo y otros sociólogos han observado que los niños, por ejemplo son en general conservadores en lo que al arte se refiere. El guiñol y los títeres perpetúan los personajes de la antigua comedia italiana; las fábulas y los cuentos son vestigios de antiguos mitos; sus juegos son antiquísimos y universales (un niño del Tibet juega con las mismas piedrecitas y las mismas reglas que el chico argentino que en mi infancia jugaba al "inenti"), instrumentos antiguos como la cerbatana la honda o el arco siguen manteniendo su prestigio al lado de las ametralladoras; su música conserva arcaicos instrumentos, como el tambor y la matraca.
También son conservadores, aunque por otros motivos, los viejos, los hombres de campo y los grupos religiosos; razón por la cual nuestros sacerdotes siguen vistiendo como en la Edad Media y la inmensa mayoría de nuestras iglesias siguen haciéndose en estilo románico o gótico.
Son en cambio revolucionarios los adolescentes, los jóvenes, ciertos tipos de adultos (neuróticos, resentidos, inadaptados, inquietos, pobres).
Ernersto Sabato. El escritor y sus fantasmas.
martes, 1 de junio de 2004
La chistera de Monzó
Monzó coge nombres al azar para sus personajes, pero más normal es que no les ponga nombre y los llame por su profesión, por aquello que sabe que vamos a recordar, igual que los bares que acaban por ponerse el nombre que todos usan, o libros como “El último libro de Sergi Pamies”. ¿Para qué inventarle un título si la gente no lo va a recordar y lo va a llamar así? Ese es el tipo de complicidad que Monzó se gasta con el lector por eso, a veces llama grmpz a uno y otras tres letras que le salen del teclado al otro. Porque es lo de menos, porque se los está inventando y en cierto modo le apetece que nos demos cuenta.Monzó es un narrador nato que sabe tenernos en vilo con sus relatos. El lector se ve arrastrado hacia el final con una fuerza arrolladora. Pero una vez llevado al final, Monzó se da cuenta de que no puede culminar su cuento. Una vez puesto en el dilema, o al borde del precipicio, Monzó sabe que todos los caminos están trillados, ofrecer un final convencional, ofrecer una sorpresa. Por eso Monzó no suele acabar sus cuentos, o los acaba de ese modo tan chocante. Después de sembrar en nosotros una duda nos deja con ella en la cabeza, nos pasa la bola. Si creemos que va a tener un final previsible o inesperado es cosa nuestra. Él nos ha llevado hasta allí y ya ha hecho el viaje. No se va a jugar su fama de prestidigitador sacando siempre el mismo conejo ni tampoco va a aburrir al publico con una chistera del montón, así que cierra el espectáculo y el lector tiene aún más ganas de leer el siguiente cuento.
Quim Monzó. Guadalajara.
Quim Monzó. El porqué de las cosas.
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