lunes, 28 de abril de 2003

La basura está en el ojo del que mira

Partiendo de la premisa "sin basura no podríamos vivir", Gustavo Bueno analiza el concepto de telebasura teniendo presente que "la basura muchas veces está en el que ve la televisión" y no en el propio medio. Para ello, estuvo siguiendo la experiencia de el Gran Hermano con la mentalidad de un antropólogo, sabiendo que se trataba de un observatorio de la realidad española.
Telebasura y democracia recoge el brillante análisis de este filósofo sobre las razones del éxito de un programa que llegó a convocar a once millones de españoles. Gustavo Bueno define la basura para después profundizar en los espacios televisivos, al tiempo que repasa la programación de la televisión española de las últimas décadas con el fin de recordarnos que en una sociedad democrática la audiencia siempre debe tener la última palabra.

Gustavo Bueno Telebasura y democracia. Ed. Punto de lectura.

jueves, 24 de abril de 2003

Sor Juana Inés de la Cruz

Sor Juana Inés de la Cruz
(1648-1695)

Sátira filosófica

Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis:

si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si la incitáis al mal?

Combatís su resistencia
y luego, con gravedad,
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.

Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco,
al niño que pone el coco
y luego le tiene miedo.

Queréis, con presunción necia,
hallar a la que buscáis,
para pretendida, Thais,
y en la posesión, Lucrecia.

¿Qué humor puede ser más raro
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo,
y siente que no esté claro?

Con el favor y el desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os tratan bien.

[...]

sábado, 12 de abril de 2003

La utilidad de la novela

Hace unos años sorprendió en la prensa una medida de las autoridades educativas norteamericanas que excluyeron de sus listas de lectura en las escuelas un libro emblemático. Se eliminaba “El Guardián en el centeno”, dijeron, porque no aborda el tema de las minorías, ni tiene un mensaje constructivo para la igualdad o la mejora de la sociedad. Yo no voy a criticar nunca una medida como esa. De hecho la aplaudo, creo que ahora que “El guardian en el centeno” ha dejado de ser una lectura obligatoria, ocupará el puesto que se merece, una lectura furtiva que cada escolar tendrá que descubrir por sí mismo, no por obligación de un profesor, sino por un soplo de un compañero que se lo pasó bien, o que la encontró escondida en la librería de su casa.

La literatura moralmente correcta me apesta. Ya tenemos la biblia y las éticas para cumplir con nuestras obligaciones. Deberíamos reclamar el derecho a no ser buenos ni honestos en algún recóndito lugar de nuestras conciencias. Y en ese espacio es donde entra la literatura, la buena, quiero decir, como Sallinger.

El libro de Trapiello tiene un arranque salvaje, de la mejor literatura, un tiempo medio que habla de amor, y que es perdonable porque todos los autores tienen ganas de hablar de un tema como este, y tiene un final espantoso que habla de la justicia que no se ha hecho en la democracia española porque los culpables no pagaron sus delitos en nombre de una pacífica transición.

En esa primera parte inolvidable, el escritor de novela policiaca, Paco Cortés, recibe una visita, y el personaje que crea en su imaginación también. Cortés vive a medias en la realidad y en la transformación de la realidad. Y esas dos claves disparan el relato como un fuego de artificio. En el café comercial reúne a unos amigos de la novela policiaca que usan seudónimos de sus autores favoritos, por lo que hay un Poe, una Miss Marple o un Padre Brown. El último es un cura, y todos los seudónimos tienen relación con la persona.

Un arranque soberbio, creaciones y realidad, personas y personajes. Hubiera bastado dejarse llevar por los mil paralelismos que ofrece para hacer un final soberbio, pero hemos de agradecer a Trapiello que su miedo a la imaginación le hiciera ser un buen ciudadano. No me cabe duda que ha conseguido un libro tan aceptable que hasta puede que lo conviertan en lectura obligatoria de las escuelas. En otras palabras, en ejemplo de literatura del montón, no como Sallinger.

Andrés Trapiello. Los amigos del crimen perfecto.

domingo, 23 de marzo de 2003

La complejidad

Un funcionario escrupuloso con sus obligaciones puede ser muchas cosas pero nunca será un personaje novelesco inolvidable. Pazair es un hombre justo e insobornable, no bebe y no va con mujeres malas, si viviera en nuestros tiempos colaboraría con Green Peace y con Médicos sin Fronteras, y jamás se olvidaría de separar su basura, pero los héroes caídos de John Ford que siempre acaban en el lodo con una borrachera de aquí te espero están mucho más cerca de la heroicidad que Pazair, el juez de Egipto.

Igual que Umberto Eco, cuando leo a Jacq no encuentro al novelista. No son autores aburridos porque el tema que de verdad les interesa no es la anécdota, sino el contexto. Eco conocía muchos textos medievales, Jacq conoce la vida cotidiana por inscripciones, leyendas y datos arqueológicos. Así que estas lecturas son muy recomendables. Ajenas al mundo de la novela, pero recomendables.

Kundera reflexiona en “Los testamentos traicionados” y en “El arte de la novela” sobre la modernidad que supone el Quijote. Dice que la novela moderna nos arranca del mundo primitivo de verdades sencillas para llevarnos a ese otro mundo de la complejidad, de la perspectiva. Christian Jacq es ajeno a esa evolución. En el mundo de valores del Juez Pazair y los demás personajes no caben dos miradas a los hechos. Todo es transparente, unos mienten y otros son sinceros. Unos quieren acabar con Egipto y otros quieren salvarlo. Semejante simplicidad sólo es posible cuando se cree en un valor fundamental. En este caso el faraón. El bien consiste en arriesgar todo para salvarlo, el mal en conspirar.

La simpleza no es una cosa terrible en un novelista. Lo es mucho más en un político. Ahora sufrimos a un mal presidente de EEUU que cree que el mal es un ser humano con nombres y apellidos. Bush ignora que el mal no está en un nombre concreto, sino en el principio que se quiere instaurar. Los principios, el tiempo lo demostrará, se establecen y se siguen por todos los demás países. Y cuando los principios son malos todo el mundo los padece.

Christian Jacq. El juez de Egipto.

jueves, 13 de marzo de 2003

Entrevista con Tom Wolfe

R. Me defino como un demócrata a lo Jefferson y, desde un punto de vista cultural, reivindico de nuevo a Balzac.
P. ¿En qué sentido?
R. En su fuero interno era un conservador que deseaba la vuelta de la monarquía, pero en sus libros describía con gran pasión las clases más humildes. Desde este punto de vista, el planteamiento de Zola es muy diferente, ya que tenía unas ideas políticas que todos definiríamos como claramente liberales, pero contaba la dura vida de los desheredados con un realismo que escandalizaba a los intelectuales de la época.

P. Usted acuñó el término chic radical tras participar en una cena ofrecida por Leonard Bernstein en honor de los Panteras Negras en su apartamento de dos plantas en Park Avenue.
R. ¿Y usted cómo lo definiría? Durante años se me ha acusado de haber escrito sobre una fiesta a la que acudí como invitado y no como periodista, pero puedo decirle que iba al salón a tomar apuntes y hacía preguntas totalmente explícitas.
P. ¿Cómo reaccionó Bernstein?
R. No le volví a ver.

El País. Hoy.

lunes, 24 de febrero de 2003

The face of nostalgia

Gabriel García Márquez

Feb 13th 2003 | From The Economist print edition
GABRIEL GARCIA MARQUEZ, now 75 and suffering from cancer, made the most important decision of his life as a writer when he was 22—to accompany his mother on a journey, by steamer and rickety train, to Aracataca, a small town surrounded by swamps and banana plantations in the heart of Colombia's northern coastal plain. The ostensible purpose of the trip was to sell his grandparents' house, where the author was born and had spent most of his first eight years.

As Mr García Márquez observes in the opening pages of “Vivir para contarla” (Living to tell it), the memoir of his life to early manhood, “until adolescence, the memory is more interested in the future than the past, so my memories of the town were not yet idealised by nostalgia.” The family did not sell the house, which was both tenanted and in disrepair. But his visit to Aracataca was decisive in creating in his imagination the idealised world that so many of his readers have come to love.

Aracataca was to mutate into Macondo—the name plucked from a railside banana plantation—and his grandfather provided the model for Colonel Aureliano Buendía in “One Hundred Years of Solitude”, published in 1967. In its creation of a tropical world where the absurd and improbable becomes routine, its colourful exaggeration, its joyful jumbling of humour and tragedy, and its celebration of the extraordinary lives of ordinary people, the novel came to epitomise Latin American magical realism. It won its author a Nobel prize, and established him as the most successful, if not necessarily the greatest, of a gifted generation of novelists.

That success was based on his talent as a storyteller, which he marries to a poetic style and a sharp descriptive sense. Unlike many writers of Spanish, he prefers short and simple sentences, which give his writing a limpid intensity. His broadly leftish views and his friendships with the likes of Fidel Castro have made him the darling of Latin America's chattering classes.

This first volume of his memoirs has been eagerly awaited; now here, it is lording it over the Spanish-speaking world's bestseller lists, including that for the Hispanic market in the United States. Mr García Márquez's fans will not be disappointed. Once again, he mines the rich seam of his memories of Colombia's Caribbean coast from the 1920s to the 1950s that provide the material for his novels.

The book is suffused with a warm-hearted nostalgia for that world, in which the main preoccupations were love, sex, music, death, honour and the family. It is a world of unrepentant machismo. His mother's family was “a vast sisterhood of single women and unzipped men with numerous street children”. The writer describes his own deflowering by an eager and generous prostitute when he went, aged 14, to the local brothel to collect a bill for his father, a self-taught homeopathic chemist. Years of carousing in brothels with literary boon companions followed.

Even today, the Caribbean coast is markedly different from Andean Colombia, its people noisier and more outgoing. Back then, before it was troubled by drug traffickers, it was an easygoing tropical outpost. Bogotá, the capital, was a week or more away, up the Magdalena river. This was a journey the young García Márquez would make himself when he won a government scholarship to a secondary school near Bogotá. He then spent a year studying law and watching at close quarters the riots of 1948, which foreshadowed a decade of civil violence.

Interestingly, his memoir reveals its author to be a man of few deep convictions, for whom friendship is far more important than politics. He jokes of “a reputation as a communist that I had not won for my ideology but rather for my manner of dress”. The riots gave him a pretext for dropping out of university and returning to the coast. Already noticed as a budding writer, he scratched an impecunious living from journalism, which he saw as a form of literature. That took him back to Bogotá; the book ends with its author, aged 28, leaving for Europe.

Though the predominant tone is self-indulgent, Mr García Márquez does give glimpses of private torment. His family often struggled in respectable poverty. We learn that he lived with his parents for a total of only three years: their place was taken by his grandparents, books, friends and drinking. He reveals little of what he thought about this. But a picture emerges of a shy, determined, precocious youth, who would yell out in his troubled sleep. The eldest of 11 children, he was clearly both stimulated and troubled by the high hopes that his parents had for him.

This memoir may not win over those who have resisted being persuaded that Mr García Márquez is a great, rather than a very good, writer. His style is one of much poetry but sometimes less meaning than meets the eye: in a typical sentence, he says of his grandfather that “I knew what he was thinking by the changes in his silence.” And fecund though it was, magical realism has much to answer for: Mr García Márquez has rarely let historical fact get in the way of a good story, and Latin American journalism has suffered much from the blurring of its boundaries with fiction. But most readers will not mind. They will simply enjoy the anecdotes and the prose of a master of the narrative art and of the Spanish language.

Vivir para contarla
By Gabriel García Márquez