sábado, 23 de marzo de 2013

Why School?

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Why School? How Education Must Change When Learning and Information Are Everywhere 

        El estado de Nueva York hizo esta pregunta en su test de Geografía e Historia: ¿Que aspecto geográfico impactó en el desarrollo del imperio Gupta?

        La cuestión es: ¿que necesidad tiene un escolar de saber un dato que puede consultar en dos segundos con Google?

        Richardson propone educar a nuestros hijos con otras metas. Por ejemplo valorar que repercusiones puede tener ese hecho en nuestra historia.

        Richardson propone un planteamiento del aprendizaje en el cual el profesor no necesita ser un libro de consulta. Un aprendizaje donde el objetivo no sea llenar una mochila de cosas que uno puede comprar en el lugar donde va.

        El profesor no es el lechero que provee conocimientos. Hace falta otro tipo de modelo, una persona que ayude a aprender, no una que enseñe.

        Hace falta estar preparado para utilizar modelos de cooperación. Hablar con extraños. Ampliar el círculo para obtener lo que buscamos.

        ¿A donde van a parar los trabajos de los chicos? En un mundo interconectado, cada esfuerzo puede divulgarse, o compartirse.

El buldero del Lazarillo

La cultura de mi tiempo me recuerda al buldero de el Lazarillo. los honores y el estatus se ganan usando unos latines que nadie entiende y nadie puede juzgar. No hacía falta saber latín, bastaba imitarlo. Hoy, esos latines podrían ser el inglés. O podrían ser los palabros que todo el mundo se gasta en economía, o los palabros tecnológicos. La cuestión es aparentar que uno domina las cuestiones aunque no tenga ni idea.

        En lo que todo el mundo coincide es en que los alemanes no han caído en la trampa de la crisis. La palabra alemán se ha vuelto un talismán, igual que finlandés se ha convertido en otro de la educación. Son los dos mantras que todo el mundo pronuncia sin ton ni son. Parece que hablar de uno o de otro nos da un billete directo al corazón de la verdad.

        Las discusiones, por lo menos las discusiones de mi sociedad, son campeonatos y liguillas donde todo vale para llevarse la copa. Vale usar latines, jergas tecnológicas, aparentar y pronunciar mantras.

        El premio es un estatus, una sensación de haber dominado en una discusión. El vencedor se lo lleva todo a casa, el aplauso, el silencio de respeto, la ovación, el paseo por el ruedo, las orejas, el rabo; la soledad del triunfo, también eso.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Incoherentes

No me resulta fácil entender el odio que suscita una religión como la católica, o la cristiana. Siempre he creído que el argumento de Cristo es uno de los mejores de la historia de la literatura. Un perdedor cogido in fraganti en medio de su sedición, crucificado y ridiculizado salvajemente por unos hebreos resulta ser el gran triunfador de la historia. El gran modelo.

Este tipo de historias son buenas, también lo es la película marxista de la lucha de clases; somete toda la dura realidad a un happy end mucho mejor que el cristiano. El Nazismo es peor como película porque la traducción de la voluntad de poder que hicieron de Nietzsche no admite el sufrimiento del héroe, y sin sufrimiento del héroe (con el que se revuelta hasta el límite el cristianismo) no hay tampoco happy end.

Todas estas películas podrían haber sido maravillosas de no ser porque se hicieron religión, o bien se hicieron credo, o bien coherencia. Me importa poco el término. Lo cierto es que se volvieron monstruos. No es lo mismo llorar tres horas por la tragedia de DiCaprio en Titanic que tener que leer un capítulo de la historia en misa cada domingo durante dos mil años seguidos. Lo segundo degeneraría en guerra santa, homofobia y pedofilia, por lo menos.

La coherencia no es una virtud humana. Es una aberración, un quiste, un tumor de la inteligencia... cuando se aplica a las propias reflexiones, a los sentimientos. La existencia humana no es coherente, no es monstruosa. Está viva.

Los hombres que se toman a si mismos demasiado en serio son un peligro. Los nazis que ejecutaron su solución final pecaron de coherentes, la inquisición llevó el cristianismo hasta su extremo... racional, y los marxistas justificaron todo con su credo.

No digo que haya que hacer lo contrario. Es un peligro escribir estas líneas y encima tener razón porque corro el riesgo de ser leído por un lector coherente. Cada vez que escribo siento el peligro de tener razón y acabar, por ello sirviendo de justificación para un crimen, para una atrocidad. Es difícil de explicar. Tan difícil que quizá el humor sea la única forma de verdad admisible. No digo verdadera, perdónenme los coherentes, quise decir soportable.

miércoles, 14 de julio de 2010

Unos días antes


El viajero está echado, boca arriba, sobre una chaise-longue forrada de cretona. Mira, distraídamente, para el techo y deja volar libre la imaginación, que salta, como una torpe mariposa moribunda, rozando, en leves golpes, las paredes, los muebles, la lámpara encendida. Está cansado y nota un alivio grande dejando caer las piernas, como marionetas, en la primer postura que quieran encontrar.

El viajero es un hombre joven, alto, delgado. Está en mangas de camisa fumando un cigarrillo. Lleva ya varias horas sin hablar, varias horas que no tiene con quién hablar. De cuando en cuando bebe un sorbo —ni pequeño ni grande— de whisky o silba, por lo bajo, alguna cancioncilla.

En la casa todo es silencio; la familia del viajero duerme. En la calle sólo algún taxi errabundo rompe, muy de tarde en tarde, la piadosa intimidad de los serenos.

La habitación está revuelta. Sobre la mesa, cientos de cuartillas en desorden dan fe de muchas horas de trabajo. Extendidos sobre el suelo, clavados con chinchetas a las paredes, diez, doce, catorce mapas con notas y acotaciones en tinta, con fuertes trazos de lápiz rojo, con blancas banderitas sujetas con alfileres.

—Después, nada de esto sirve nunca para nada. ¡Siempre pasa igual!

A caballo de una silla duerme la chaqueta de dura pana. En la alfombra, al lado de un montón de novelas, descansan las remachadas botas de andar. Una cantimplora nueva espera su carga de espeso y saludable vino tinto. Suena en el noble, en el viejo reloj de nogal, la última campanada de una alta hora de la noche.

El viajero se levanta, pasea la habitación, pone derecho un cuadro, empuja un libro, huele unas flores. Ante un mapa de la península se para, ambas manos en los bolsillos del pantalón, las cejas casi imperceptiblemente fruncidas.

El viajero habla despacio, muy despacio, consigo mismo, en voz baja y casi como si quisiera disimular.

—Sí, la Alcarria. Debe ser un buen sitio para andar, un buen país. Luego, ya veremos; a lo mejor no salgo más; depende.

El viajero enciende otro cigarrillo —a poco más se quema el dedo con el mixto—, se sirve otro whisky.

—La Alcarria de Guadalajara. La de Cuenca, ya no; por Cuenca puede que ande el pinar; o la Mancha, ¡quién sabe!, con sus lentos caminos.

El viajero hace un gesto con la boca.

—Y tampoco importa que me salga un poco, si me salgo. Después de todo, ¿qué más da? Nadie me obliga a nada; nadie me dice: métase por aquí, suba por allí, camine aquel ribazo, esta laderilla, esta otra vaguada tierna y de buen andar.

El viajero revuelve entre los papeles de la mesa buscando un doble decímetro. Lo encuentra, se acerca de nuevo a la pared y, con el pitillo en la boca y el entrecejo arrugado para que no se le llenen los ojos de humo, pasea la regla sobre el mapa.

—Etapas ni cortas ni largas, es el secreto. Una legua y una hora de descanso, otra legua y otra hora, y así hasta el final. Veinte o veinticinco kilómetros al día ya es una buena marcha; es pasarse las mañanas en el camino. Después, sobre el terreno, todos estos proyectos son papel mojado y las cosas salen, como pasa siempre, por donde pueden.

Busca unas notas, consulta un cuadernillo, hojea una vieja geografía, extiende sobre la mesa un plano de la región.

—Sí; sin duda alguna, las regiones naturales. Los ríos unen y las montañas separan, es la vieja sabiduría; no hay otra división que valga.

El viajero se distrae un instante y toma, de la estantería, el primer libro que alcanza: la Historia de Galicia, de don Manuel Murguía, encuadernado en rojo cartoné ya desvaído por el tiempo. No lo necesita para nada; en realidad, lo coge sin darse cuenta.

—Es gracioso este libro..., es un libro lleno de paciencia.

El viajero está medio dormido y da un par de cabezadas mientras pasa las hojas. Se despierta de nuevo del todo, cuando lee al pie de una lámina: Cromlech que existe en Pontes de García Rodríguez. Lo devuelve a su sitio y piensa que, realmente, tiene los libros bastante mal ordenados. La Historia de Galicia queda entre una Fisiología e Higiene, del bachillerato, y el The sun aiso rises, de Hemingway.

El viajero vuelve ante el mapa.

—Las ciudades las bordearé, como los buhoneros y los gitanos, igual que el jabalí y el gato garduño.

Se rasca una ceja y arruga la frente. El viajero no está muy convencido.

—O no, no las bordearé. Las ciudades hay que cruzarlas, a media tarde, cuando las señoritas salen a pasear un rato, antes del rosario.

El viajero sonríe. Tiene los ojos semicerrados, como de estar soñando.

—Bueno, ya veremos.

Se queda un rato en silencio, pensando muy confuso, muy precipitadamente. Es ya muy tarde.

—¡Qué barbaridad!

El viajero —que se cansa de golpe, igual que un pájaro herido— piensa, al final, que ya sólo falta empezar, que quizás esté dándole demasiadas vueltas en la cabeza a un viaje que se quiere hacer un poco a rumbo, un poco como el fuego en una era: a la buena de Dios y a la que salga.

De la misma botella bebe el último trago.

—No. Estas son las cuentas de la lechera; lo mejor será coger el macuto y echarse a andar.

Se desnuda, desdobla la manta de pelo, apaga la luz y se echa a dormir sobre la chaise-longue forrada de cretona.

Fuera se oye el distante golpear del chuzo contra la acera. Por las rendijas de la persiana se cuela un hilito de claridad. Pasan lentos, entumecidos, los carros de los primeros traperos. El viajero se ha dormido al tiempo de nacer el día como un pollo que sale, un poco avergonzadamente, del derrotado y tibio cascarón.

Camilo José Cela. "Viaje a la Alcarria"

sábado, 5 de junio de 2010

Millás habla de economía

(Y deja por una vez sus metáforas biológicas)
A ver si lo hemos entendido bien: tenemos, como reino y como individuos, una deuda que nuestros acreedores desconfían de cobrar. Es cierto que nos prestaron el dinero sin exigir garantías, como si buscaran, justamente, lo que está sucediendo, pero eso ahora no importa. Lo que importa es que los prestamistas, preocupados de súbito por nuestra insolvencia, envían a sus matones financieros con el siguiente mensaje: reduzcan, para pagar lo que nos deben, su nivel de vida o les rompemos las piernas. Como ya hemos visto otros países con las piernas rotas, y resulta un espectáculo sobrecogedor, obedecemos sin rechistar, y a toda prisa. Menos medicinas, menos enseñanza, menos justicia, menos cheques bebés, menos leyes de dependencia, menos autopistas, menos trenes, menos pensiones, menos salario, menos indemnizaciones por despido, menos salir a cenar, menos alegrías.

Pero al ejecutar la operación advertimos con espanto que la reducción del nivel de vida que nos exigen provoca menos trabajo, menos crecimiento, menos ingresos y, por tanto, más déficit, es decir, más deuda y más dificultades para hacernos cargo de ella como personas responsables. La situación es idéntica a una de esas pesadillas en las que corres sin avanzar, caes sin caer, subes las escaleras sin llegar nunca a la azotea o, peor aún, descubriendo que la ascensión conducía al sótano. Parece que lo que buscan a toda costa nuestros prestamistas es una coartada para rompernos las piernas. La economía es una disciplina complicada, y cruel. Personalmente, no la entiendo, pero tampoco escucho nada inteligible a los expertos. ¿Dónde empezó todo? ¿Es rentable el negocio de la ruptura de piernas? ¿Quién nos ha entrampado de esta forma? ¿Sabían los políticos que nos han gobernado durante los últimos 20 años que la fiesta terminaría de este modo?

El País. Viernes, 4 de junio.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Goles

Acertar con una novela no debería ser igual que acertar a la lotería. En la lotería un número gana, pero el anterior y el siguiente no se llevan nada. El placer de una novela es más duradero que una sola jugada. No puede ser que gane porque elige matar al protagonista en un renglón y no en el siguiente. No se puede acertar con un golpe de mano. Si no hay trabajo no me interesa. Una novela es mucho texto para regalarle la gloria al autor por un verbo transitivo.

En el cuento se puede aceptar la jugada, de hecho, en el micro relato parece que ése es el único camino. O metes gol o no sirve.

Digo esto porque no me gustan los goles de último segundo de los autores que juegan a invertir planos, realidad o autorías. No me interesan los juegos metaliterarios de Auster en Ciudad de Cristal. El protagonista se hace pasar por Auster, o sea, por el autor, e investiga un caso. El anciano al que sigue traza letras en el plano de Nueva York que coinciden con la disertación que el autor hace unos capítulos antes, sobre la Torre de Babel. No me interesan esos juegos. No me interesa saber cuantos conejos esconde el sombrero. No me quedo a leer ni una línea para averiguarlo.

Me interesa el texto, el deje, el detalle. Me interesa que usa cada personaje para dormir, o como se mueve. En ese plano, Auster sí me resulta interesante. Por eso sigo leyéndolo. Sus goles me dan un tanto igual.

Paul Auster. "City of Glass".