Si nos creemos lo que dicen los manuales, la literatura es un desfile de modelos donde concursan señores con diseños, adjetivos y perífrasis que el resto de los mortales no somos capaces de usar. En una historia de las letras de manual, Rulfo vendría a ser algo así como el feo achaparrado. No he descubierto en sus cuentos ni una sola violencia estética, ni un solo regalo para los oídos.En todas las historias, el héroe aplasta en su camino a unos cuantos donnadies insignificantes que están allí para molestarlo. En los cuentos de Rulfo, esos donnadies son los protagonistas. En los cuentos de Rulfo no hay héroes valientes, el único acto de valor es el que hace el narrador, el de contar la historia de los perdedores hasta el final.
Si las historias de Rulfo vinieran acompañadas de una larga explicación, moraleja y exordio, igual que todas esas amables presentaciones power point que recibo en mi correo cada día, lo más probable es que me rebelara contra las explicaciones. Pero no hay en Rulfo ni una sola acusación. Rulfo muestra a la víctima, el dolor, la herida, la miseria. Tras una inundación, muestra al político. Pero no sabemos quien tiene la culpa de qué. Y precisamente por eso, porque él no nos va a intentar convencer de quien es, es mucho más probable que acabemos pensando como él.
He descubierto que la cadena de restaurantes Fresc Co está abriendo cada vez más restaurantes en Madrid. No sé si conocerán alguno pero se lo recomiendo. Sirven un buffet de primeros que consiste en una buena variedad de verduras y pasta y una opción de segundos bastante menos apetecible. No está pensado para los amantes de la carne y el pescado, y además tiene que cuadrar las cuentas con un precio de 7,70 euros. Pero se puede repetir cuantas veces se quiera. Uno tiene que hacer de cocinero, eligiendo condimentos y cantidades. Mirando el plato de delante y el de detrás uno se hace idea de cuales son las debilidades ajenas. También de cuales son sus obsesiones, como los platos llenos de verde para adelgazar. Creo que si trabajara en ese restaurante disfrutaría viendo lo que elige cada cliente.
Andrés Hurtado, el protagonista de “El árbol de la ciencia” tiene mucho en común con Baroja. Hurtado juzga lo que le ocurre con la mirada y la repulsión del propio Baroja. La vida de la facultad, la vecindad de las Minglanillas, su propia familia, Valencia, Alcolea. Todo cae bajo el desprecio y el recelo de su mirada. Al principio, Andrés parece un rebelde, un hombre sensible que expresa el malestar de una sociedad. Pero si uno le presta atención puede ver que no existe esa profundidad existencial. Andrés Hurtado es, simplemente, un ser pasivo.